Desde Altamira en adelante, el color y la forma han sido el sostén de la composición plástica, aunque -siglos mediante- se haya recurrido a diversos acompañantes para arribar a destino. Variadas perspectivas, complicados escorzos, empastes matéricos y finas veladuras, fueron lentamente recubriendo de oropeles a las artes visuales, hasta casi olvidar el impacto brutal que significa el contacto directo con el color y la forma.
Sin embargo en este ir y venir de las cosas, del tiempo y de las técnicas, esos mágicos duendes del arte han reaparecido, y es en esas ocasiones en las que son ellos y solo ellos los protagonistas de la creación, ahuyentando cualquier remota posibilidad de que la ancestral cadena de eslabones plásticos vuelva a perderse.
La obra de Gastón Izaguirre, es potente y vital, sutil pero a la vez explícita; estalla en un desborde visual que no es otro que el reino de estos lejanos amos del arte, que con fina introspección se encuentran para delinear los límites de la intención figurativa.
Seres dislocados serpentean por el plano, entes fantasiosos de irreales cabezas esbozan miradas, sentimientos y actitudes; pero por encima de todas esas testas, cuerpos y figuras, hay en la obra de Izaguirre una presencia ineludible: el ojo.
Es el mirarse a sí mismo, es el mirar al otro, es el sentirse observado y dejarse observar; danza voayerista que habita el imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales, y que sugiere indefectiblemente los sinuo ...
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