En un Mundo azul flotan los seres de Sergio. Hombres y mujeres alados, con cuerpos de mariposas o montados sobre extrañas máquinas voladoras.
La mayoría parecen soñadores y románticos, llevan flores en las manos y sonrisas en los rostros. Viajan en autos semihumanos, aviones descapotados, cochecitos de agua repletos de pasajeros.
Una Tierra de nunca jamás, donde el pintor rememora sus fantasías de niño distraído. Esas divagaciones que quedaron estampadas en cuadernos viejos como infantil alivio a las largas horas de matemáticas, donde había que aprender a sumar y restar.
Se dice poeta, guionista, tarotista, vendedor de libros, marchand, agrónomo de profesión y pintor de alma. A los cincuenta años ha descubierto el planeta de la imaginación con manos adultas y corazón de niño.
Catalina es su musa inspiradora. Su hija de 11 años, que al nacer lanzó a su padre, Sergio Vergara, contra los pinceles y la tela.
Entonces, la maquina del tiempo se abrió y de la paleta del pintor aparecieron los compañeros de infancia.
- Siempre dibujé, desde chico, pero jamás hice un curso o taller. No me sentía pintor. Al nacer mi hija, como no encontré nada para decorar su pieza, hice los cuadros.
Nada habría pasado si el dueño de la tienda donde llevó a enmarcar no se hubiera fascinado con su trabajo. Lo contactó con una galería de arte que le encargó cien cuadros. Al poco tiempo vinieron cien más.
- Dejé todo lo que hacía, los spots pu ...
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