La Crítica: José María Ordeig Corsini
Ene09

La Crítica: José María Ordeig Corsini

Cuando en 1874 se realizó la primera exposición impresionista, nadie imaginó la trascendencia de lo que aquellos pioneros estaban fraguando. Monet, Pissarro, Sisley y compañía habían dado forma a un estilo que 150 años más tarde sigue siendo el preferido del gran público. El impresionismo ha calado tanto entre el público por su mezcla de colorismo, sensualidad, hedonismo y culto al instante, al «aquí y ahora». En la serie de las estaciones de José María Ordeig cristaliza la luz, el color y lo fugaz que fascinó a aquellos primeros impresionistas. A través de pequeños campos de color, sutiles transparencias y degradados, el artista atrapa la calidad lumínica. Como en Otoño I, en el que la luz se filtra mágicamente a través de las copas de los árboles; una fiesta de color que linda ya con la abstracción. Por supuesto, la pintura de José María Ordeig (Valencia, 1948) hunde sus raíces en el impresionismo, pero el pintor levantino muestra un mayor interés por las primeras evoluciones de aquella técnica pictórica. En sus paisajes, detectamos el influjo del Cézanne obsesionado con el monte Sainte-Victorie. El Pico San Donato está construido con esos pequeños campos geométricos de color cezaniano que más tarde conducirían al cubismo. Pero Ordeig suaviza el color, sintiéndose más cómodo con las mezclas de colores más vivos y alegres, tal vez fruto de su herencia mediterránea. Sierra de Leyre es otro festivo espectáculo de color, como Midi d’Ossau, en el que las tonalidades frías ganan ya la partida en las estribaciones del monte que también dominan la obra Del Tallón al Casco. Paisajes urbanos Las relaciones cromáticas son una de las principales preocupaciones de Ordeig. Todas sus colecciones pivotan en torno a las armonías de color, generalmente cálidas, como ya hemos apuntado. El pintor levantino ha tenido presente los hallazgos del divisionismo, de aquellos seguidores de los primeros impresionistas que se pusieron estupendos y decidieron que la pincelada debía ser «más científica» para lograr un mayor efecto de luz. Los colores no se mezclarían en lienzo, sino en el ojo del espectador… En la preciosa obra titulada Castillo de Olite, Ordeig genera estás divisiones de color tan apreciables en las copas de los árboles de la zona inferior del lienzo. Así, el castillo parece flotar sobre algodones de colores generando un efecto delicioso. El propio castillo también está construido con esos cuadritos de color que ya habíamos visto en sus paisajes naturales o en la serie de las estaciones, unos toques geométricos  que generan de forma certera una fantástica combinación de luces y sombras. Figuras No cabe duda de que la elección técnica de Ordeig ha sido clave para...

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La Crítica: Víctor Manuel Delgado
Dic22

La Crítica: Víctor Manuel Delgado

Una pieza de más de 1 metro y medio de altura, ligeramente combada y rugosa, con círculos girando alrededor de toda ella. Parece un tronco, sin copa ni hojas, que surge de un pedestal de piedra pulida y cortada a la perfección. Es Reforma de ley, obra del escultor Víctor Manuel Delgado (Burgos, 1970), y que podemos colocar en el umbral virtual de la puerta a través de la cual damos paso a su rica producción escultórica. Exterior La escultura siempre ha tratado de desprenderse de su etiqueta de hermana acomplejada de la pintura. Generalmente, el proceso creativo en escultura es más costoso, más largo y no siempre más satisfactorio. Un error se paga mucho más caro que un lienzo. Durante la mayor parte de la historia del arte, el espectador solo tuvo ojos para la pintura hasta el punto de que la escultura siempre parecía fijarse en ella para lograr la aquiescencia del gran público. A la escultura le costó dejar atrás su condición manual y hacerse respetar como actividad intelectual, los pintores alcanzaron el estatus de filósofos mientras los escultores seguían siendo considerados artesanos (con algunas excepciones, claro). El siglo XX, por suerte, despedazó el clasicismo y sus convencionalismos y obligó al espectador a mirar la escultura con otros ojos. El culto al material escultórico, las relaciones entre espacio y tiempo, entre vacío y masa, la integración con el paisaje y la naturaleza y el desarrollo de la abstracción fueron los puntos clave de la revolución escultórica del pasado siglo cuyos efectos todavía se perciben en la actualidad. En esta revolución escultórica se funda el trabajo de Víctor Manuel Delgado. Observando algunas de sus obras para exterior, como Brote de Almendro, no creemos ya que ningún espectador ponga el grito en el cielo. La abstracción está plenamente aceptada. La referencia a lo figurativo en esta obra es evidente pero el valor de la misma no está, por supuesto, en la mimesis, sino en las calidades táctiles y en las sensaciones que despierta la combinación de materiales, el acero corten, el acero inoxidable y la piedra natural. En otros casos, Delgado usa exclusivamente el acero corten como en Raíces, donde apreciamos la influencia de Chillida, referencia fundamental en la obra del escultor burgalés. Efectivamente, Delgado enfoca muchas de sus obras, sobre todo las de exterior, con ese carácter totémico del artista vasco. Mientras en Trazo, Delgado apuesta por el minimalismo, por el equívoco entre la gravedad del material elegido y su forma esbelta, casi titilante, en La Unidad aporta una mayor dosis de originalidad con un interesante sentido simbólico, pieza, por cierto, ejecutada junto a Marta Vallejo. Interior...

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La Crítica: Miguel Robledo Cimbrón
Nov18

La Crítica: Miguel Robledo Cimbrón

No resulta difícil imaginar a Miguel Robledo Cimbrón en su taller, deslizándose entre los acordes místicos de la música oriental y haciendo fluir formas y colores para generar sus celosías espirituales, obras con pie y medio en la abstracción que se resisten, no obstante, a abandonar la realidad visual a través de sutiles anclajes figurativos. A Miguel Robledo (1956, Mora de Rubielos, Teruel) le tocó ser un prematuro viajero que pasó primero a Ávila para establecerse en Cataluña todavía en su niñez. Los estudios académicos no eran lo suyo, pero sí el dibujo y la pintura que desarrolló desde mediados de los 70. Primero fue al óleo a través de motivos figurativos tradicionales, para descubrir después las posibilidades de la abstracción y el informalismo. Pequeñas puertas que se abren La pintura de Robledo emana de un apetito espiritual, de una necesidad de indagar en la sustancia primera. El arte es para muchos un proceso de higienización mental. El acto en sí de pintar, más allá de sus objetivos estéticos o prácticos, produce una catarsis moral que limpia y regenera. Como pasar la aspiradora por el alma y eliminar el polvo acumulado. Pero por mucho que limpies el polvo siempre vuelve, por eso la pintura y el arte en general es un proceso que no termina nunca… ¿Y el espectador, qué papel juega en todo esto? Su labor es mirar y tratar de sentir, de acercarse a la motivación del pintor, pero también de abandonarse a su propio espíritu. En este sentido, las obras de Robledo son poemas visuales que nos señalan un camino hacia nosotros mismos, hacia una experiencia sensorial y psicológica que busca reflejar la propia catarsis del artista en el espectador. Son, en última instancia, pequeñas puertas que se abren… Tal vez tras cruzar su umbral no encuentres nada, o lo comprendas todo. Depende de ti, depende de cada uno. Depende del día. El fluir del azar Miguel Robledo ha citado entre sus referencias a algunos de los grandes del informalismo del siglo XX como Antoni Tàpies, el malogrado Nicolas de Stäel  o Asger Jorn. Tal vez el pintor catalán sea la influencia que mejor se puede rastrear en su producción, pero en general la obra del artista nacido en Teruel ha logrado dotarse de personalidad a base de años de trabajo y de progreso tanto a nivel teórico como puramente pictórico. Robledo ha generado un estilo propio y es lo mejor que se puede decir de un artista. Su obra se divide en cuatro tipos según el soporte y el estilo: papel, óleo, abstracto sobre tabla y abstracto sobre lienzo. Sus dibujos informalistas son la mejor manera...

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La Crítica: Alberto Kissola
Nov08

La Crítica: Alberto Kissola

2016 está siendo un gran año para Alberto Kissola (Setúbal, Portugal, 1962). Una exposición individual en su ciudad natal titulada «La escultura en el deporte» ha sido el reconocimiento definitivo para este artista. Fueron 11 esculturas en diferentes materiales y estilos que formaban parte del calendario de eventos de Setúbal Ciudad Europea del Deporte 2016. Revisar las obras pertenecientes a esta exposición es una buena forma de adentrarse en el carácter artístico de Kissola que bebe de diferentes tendencias de la escultura contemporánea. En Ciclismo usa el hierro forjado, limitando al máximo la presencia material, con el objetivo de dar una mayor sensación de levedad y velocidad. La bicicleta y el ciclista se funden en una sola pieza, tal y como los vemos cuando cruzan a toda velocidad una carretera. En Lanzamiento de martillo, sin embargo, Kissola se inclina hacia una solución técnica diferente, más pesada y masiva, que transmite la potencia del lanzador. En Natación, el artista se vale del granito para generar una pieza más esbelta en la que domina la sensación de verticalidad del nadador a punto de lanzarse al agua, misma solución que aplica a 100 MT. El selfie de Dios Al tratarse de un encargo oficial, es más que probable que Alberto Kissola no pudiera dar rienda suelta a una de sus principales características: el sentido del humor. Por suerte para nosotros, Kissola no piensa moderarse en sus esculturas más personales. Selfie es una de sus obras más impactantes. Cuenta el artista que la idea para este grupo escultórico le surgió tras la ceremonia de los Oscar 2014, cuando la presentadora de aquella edición, Ellen DeGeneres, realizó un selfie con varios pesos pesados de la industria de Hollywood que se convirtió en el acto en una de las fotos más compartidas del año. ¿Qué pasaría si Jesucristo hubiese tenido móvil? Eso debió pensar Kissola y se puso manos a la obra. Indicada para ser observada desde varios puntos de vista (las caras de Jesucristo y los discípulos posando para la foto no tienen desperdicio), Selfie es una obra maestra de la ironía. Si Duchamp levantase la cabeza, le daría una palmadita en la espalda a Kissola… En esta misma línea está No Smartphone, en la que el artista portugués atiza de nuevo la relación del hombre del siglo XXI con las nuevas tecnologías. Como dice el propio Kissola: «a pesar de ser personas modernas mantenemos el instinto de cazador recolector de nuestros antepasados, pero en vez de una maza, utilizamos tecnología punta para cazar…». Y no podemos dejar de reseñar otra de sus mejores piezas: Kings Leak. Un juego de palabras con el célebre...

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La Crítica: Carlos Casu Bravo
Nov02

La Crítica: Carlos Casu Bravo

Carlos Casu ha recuperado el dibujo. Y nos alegramos. Tras muchos años sin practicarlo y después de (re)formarse en técnicas como el pastel o el óleo en el taller de José Luis Martín de Vidales, el artista madrileño nos regala su maestría con el lápiz captando espacios, escenas y habitantes. Estableciendo un nexo de unión con la fotografía, a la que también se dedica, sus dibujos nos sacan a la calle a observar caminantes como en Descenso u Hombre Paseando, pero también nos llevan de vuelta a la alcoba, a las sábanas arrugadas y al humo como en Restos II, Descanso o Estudio de cigarrillo con mujer. No cabe duda de que Casu disfruta observando la realidad y plasmándola con rigurosidad y destreza, pero también imprime un carácter poético a numerosos de sus dibujos ya desde el mismo título (Algunos ángeles no tienen alas) o, incluso,  les confiere un toque fantástico o tétricamente metafórico (Cortocircuito, La vendedora de sueños). La naturaleza muerta vive Carlos Casu (Boadilla del Monte, Madrid, 1955) se dedicó «a una vida normal haciendo cosas normales» durante varias décadas, hasta que en 2008 decidió, por un suerte de coincidencia y voluntad, recuperar el camino artístico que había esbozado en su juventud cuando fue estudiante en la Escuela Central de Artes Aplicadas. Era el momento de hacer cosas menos normales… Casu encontró en el pastel una técnica que podía dar salida a su necesidad de captar la atmósfera y la magia de los objetos cotidianos. El pastel de Casu combina la naturalidad del dibujo que, como hemos visto, tanto disfruta el pintor madrileño, con la luminosidad del color. Gracias a ello se consigue una atmósfera lírica que envuelve buena parte de la obra del artista en esta técnica. Aunque el pintor madrileño usa el pastel «con facturas saturadas y densas que se alejen lo más posible de los estereotipos blandos generalmente asimilados a este técnica», el resultado final suele estar empapado de poesía. Hasta un huevo puede ser poético… Y es que uno de los géneros que más disfruta Casu es la naturaleza muerta. El artista ha decidido reavivar un género «jodido a base de cuadros de restaurante con conejos» y va en buen camino para hacerlo. Solo hay que observar obras como Mejillones en escabeche, Naranja y media o Pretérito Perfecto II, son aptas para un restaurante pero también para un museo. Un pastel agridulce Otro género que Casu cultiva con éxito es el paisaje. También la técnica del pastel la aplica con autoridad en este tipo de obras. Y en ellas, más si cabe que en sus naturalezas muertas, apreciamos ese matiz lírico que emparenta alguno...

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La Crítica: Joan Lalucat
Oct21

La Crítica: Joan Lalucat

«I make images that intellect will never make». Joan Lalucat no se anda por las ramas, con esta frase de Francis Bacon inicia un libro en el que recopila su proyecto final del Grado Superior de Ilustración. La influencia del pintor británico es capital en la obra del joven artista catalán. La descomposición de los cuerpos, la sangre, el gusto por el retrato en espacios vacíos y abstractos, la provocación y la investigación del alma humana (o de la psicología, como le gusta decir al artista) son los elementos que trazan una conexión entre Lalucat y Bacon. Carne, huesos y sangre El título de su última colección tampoco deja lugar a dudas. Joan Lalucat (Barcelona, 1985) disecciona cuerpos para descifrar cerebros. En Pervers i insolent el pecho y la cara del retratado se descoyuntan, la carne se reblandece hasta formar casi un fluido rosa. La boca y los dientes se deforman mientras que el labio inferior parece crecer hasta el pecho. Solo los ojos permanecen inalterados, pequeños, animales. En L’aprobació del ser superior, el retratado aparece vestido, pero la cabeza es un muñón sin labios con las encías en carne viva. Y en Una visita inesperada el expresionismo adquiere tintes tétricos. Con esta serie de retratos, Lalucat busca un doble objetivo. En primer lugar trata de captar nuestra atención sensorial. Una obra de arte penetra primero a través de los sentidos, dejando a un lado el intelecto. Estos retratos turban, despiertan, azuzan. También podemos sonreír con ellos, pero es esa risa tensa que mira de reojo. En segundo lugar, el artista catalán trata de conectar con nuestro cerebro, proponiendo una investigación de la psicología del ser humano, de esas emociones incontenibles que (de)forman nuestro carácter. Somos furia, morbo, crueldad. Somos todo eso que vemos en los demás, pero no en nosotros mismos. De Velázquez a Bacon (y a Lalucat) no hay tanta distancia. El objetivo es el mismo: captar el alma humana en un lienzo. Solo cambian las técnicas… y los tiempos. Los retratos de Lalucat asustan, pero tampoco se puede decir que den ganas de tomar una copa con Inocencio X… Collages y técnica mixta Más interesantes, si cabe, se nos antojan las obras encuadradas bajo la serie «Collages y técnicas mixtas». Lalucat parte de imágenes tomadas de revistas y periódicas generando obras  que acuchillan al espectador. Sus títulos tampoco pasan desapercibidos: Autolesió, Violació, etc. A buen seguro que el pintor catalán anda sobrado de humor negro. Muchas de las fotos que toma son de modelos que aparecen en anuncios. La sonrisa ‘Profident’  del personaje protagonista de Autolesió choca con el acto que acaba de perpetrar, todo ello...

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