La injusta muerte de un ser bueno no supuso un quebradero de cabeza para quienes, cegatos de ver tal virtud, deberían haber ido posicionados unos puestos más bajos, detrás del fallecido, en la lista numerada de la longevidad.
El bondadoso ser que murió antes se despidió de este mundo saltándose el orden por primera vez en su existencia para entrar en la muerte. Y, quienes llevaban toda la vida saltándose el orden, parecía que con su práctica maléfica diaria cada vez se situaban un poco más allá del más allá.
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