La escafandra no deja traspasar el ruido de las voces insultantes y el dolor de los golpes hasta mi cuerpo. Por temor a la muerte me he escabullido en la profundidad abisal, como otras tantas mujeres, y en esa zona sin luz vivo luchando con esperanzas porque algún fogonazo de justicia devuelva el brillo a la dignidad humana y pueda salir de este infierno oscuro. Todas las mujeres maltratadas, un día lejano, o cercano, para alguien fuimos princesas, estrellas, sirenas, sirenas de mar y estrellas de mar. Todas, un día indeseable, empezamos a descubrir la vida en simas subterráneas: esa ya era una existencia deplorable a muchísimos menos pies de profundidad que la vida indigna de ahora.
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