Ricardo Galán ejemplifica el convencimiento de que la realidad, el mundo de la percepción visual, todavía puede ser capaz de ofrecer relaciones tanto emotivas como intelectuales, originales y, por ende, válidas para el crítico, para el historiador, para el galerista y para el diletante. Y convencido estoy que la factura, el ejercicio pictórico, por muy mental que sea, la mancha sobre el lienzo, todavía permite serias dosis de maestría y sinceridad.