Información de la obra original

  • País: España
  • Categoría: Otros
  • Medidas: 15.35 x 16.54 in
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Descripción de la obra

La noche del Tinguaro No sé si a estas alturas del nuevo siglo, existirá todavía el viejo Tinguaro, lo dudo porque andamos aún con la peste de lo políticamente correcto. Me resulta delator que esta, que yo identifico como la época de mayor descaro ético de la banca y sus depredadoras multinacionales, la consigna de sus medios de comunicación sea lo políticamente correcto. El virus que propaga este mal muta constantemente y desde los albores de la humanidad resulta imparable. Está identificado pero no aislado, se llama estupidez. Me he ido por peteneras, perdón. Volvamos al Tinguaro. El Tinguaro desde luego no era un lugar políticamente correcto, nadie que lo haya conocido aunque fuese de refilón, en una mirada periférica a la carrera podría negar esto. Pasar de largo sería siempre lo más acertado. A las diez de la mañana ya era oscuro. Esto en Escandinavia puede ser normal por supuesto, pero no en Santa Cruz de Tenerife, en una calle aledaña a la peatonal del Castillo. En esta isla, para mis ojos miel clara, lo negro era brillante. Pero no el Tinguaro. En el Tinguaro lo negro era abismo y todo él incertidumbre, salvo la puerta, siempre abierta, refulgente de oro y plata, como si además de un infierno, cupiese la posibilidad de un paraíso, por qué no. Me atrevo a decir que en una localización de semejantes contrastes, Michelangelo Merisi encontró sus luces y sus sombras. En este sitio el único adorno era el hombre que había detrás de la barra, antipático estandarte, exaltación y pesadilla, invisible pero presente, su figura a un palmo de distancia ya resultaba borrosa por una suerte de interferencia donde hasta su voz solo era un eco. Este personaje constantemente aparece en muchos cuadros del gran pintor José Hernández. Pero no sé, dudo que el maestro de Tánger se viese nunca con el agua tan hasta el cuello como para formar parte de la Tertulia del Silencio del Tinguaro. Tampoco le ha hecho falta, lo que José Hernández pinta y ve cuando cierra los ojos yo os digo que es real y existe como veo la punta de mi nariz. Probadlo, no es una visión clara pero está ahí. Es más, siempre está ahí. Como describiros el lugar, casi me resulta imposible por varias razones. La puerta como única fuente de luz cegadora, la enorme y centenaria barra de madera y cinc en larga línea recta a lo abisal, y mi vieja inocencia, siempre ocupada en mantener uno de mis pies en otro mundo, más amable y mejor. Jorge Luis Borges habría tenido sus dificultades para describir el horror de esta plaza de telúrica simpleza y hedor a orinal y otros óxidos renales, humores y mucosidades y una vasta gama de fluidos corporales solo segregados por almas en avanzado estado de descomposición. El Tinguaro era una suerte de club privado. Digo esto porque en cualquier bar de cualquier sitio entra cualquier persona, pero no en el Tinguaro. Nadie con olfato querría cruzar este umbral. Toda su parroquia estaba constituida por indigentes, indigentes viejos, indigentes viejos alcohólicos, indigentes viejos alcohólicos jipis y yo. Como recién llegado y dada mi juventud y mi educación, yo era más parecido a una tabla bien barnizada de buena madera, comparado con otros trozos semiflotantes, oscuros e hinchados y llenos de clavos, restos de antiguos naufragios. Llegué a Santa Cruz de Tenerife en avión, tenía una misión. Había prometido sacar de la indigencia del parque del Retiro a un pobre chico tinerfeño con problemas mentales cuyo nombre no viene al caso. Cumplí mi palabra y resumiendo diré, que acabé yo mismo como indigente viviendo en un espacioso y metálico contenedor del puerto de Santa Cruz. A dos minutos del centro y sin vecinos, suelo de aglomerado y sin ventanas. Pero con inmejorables vistas a la dársena. La pobreza extrema no debe estar reñida ni con la higiene ni con el estilo. Las monjas de caridad nos daban de comer una vez al día. Yo siempre me sentaba en la misma mesa con cinco senegaleses, eran los únicos que no olían a pis y tenían el buen gusto de comer su gofio en silencio. Llevaban zapatos de piel con costuras realmente buenos, pero sin calcetines. Su estilo me gusto y no tarde en adoptarlo, un problema menos que lavar. Tampoco llevaba ropa interior, pero esto era cosa mía y venía de antes de vivir en Tenerife. Mi primer Cicerone se llamaba Camino, era Vasco y teníamos exactamente la misma edad, pero el parecía mi padre. En su veintena peinaba canas, llevaba perilla y el pelo rapado, tenía cuello de toro, una herida con costra en la frente y los dedos como morcillas matachanas, gordos, negros y rugosos. Camino metía un dedo en agua caliente, y a los cinco minutos el agua tenía la consistencia de un buen caldo. Era grande, fuerte y muy desafiante con todo el mundo, salvo conmigo, desconozco la razón. Su vida era beber vino, dar vueltas, pedir dinero y beber más vino. Él fue quien me introdujo en la élite del Tinguaro. Cuando entramos se hizo un silencio. A pesar de su juventud a este hombre no le chistaba ni el aire. Dado el trato simplón y amable que tenía conmigo, me sorprendió mucho verle rodeado por sus súbditos, unos le pedían algo, otros le saludaban y decían tonterías y aún otros parecían implorarle clemencia con la mirada. Camino era el rey de aquel lugar sin duda. Después conocí a Xavi, ex toxicómano, seropositivo y sobrino no sé en qué grado de Salvador Dalí. A Xavi, su familia muy harta de él, le embarcaron en un vuelo a Santa Cruz solo con un billete de ida, así es. Xavi como yo, era un recién llegado. Él era de naturaleza surrealista, menudo, blando, bien proporcionado y de piel aceitunada. Siempre llevaba el pelo engominado, su traje de corte impecable estilo años sesenta, unas gafas de miope sucias y su bigote recortado por encima del labio superior, blasón y distintivo familiar. Su conversación era divertida y su mente ágil. También era muy desconfiado. Era en todo opuesto a Camino, tanto que ni siquiera consideré la posibilidad de presentarlos, esta era una visión que prefería ahorrarme. Xavi era un ejemplo vivo de que se puede ser muy pobre y un dandi. Gracias a él y a su amigo de La Fura del Baus, Miki Espuma, pudimos ver el apocalíptico espectáculo que hacían en aquella época, Tier-Mon. Xavi tenía sus golpes. Mi segundo y último Cicerone se llamaba R., pero todo el mundo, tanto en la isla como en Madrid le decían M. Mon era alto y grueso, muy culto y educado. Cantaba opera, tenía clase y una doble vida. Por esta razón omito que su nombre era Ramón, aunque ya ha tenido más de veinte años para salir del gran armario que ocupaba, dado su enorme volumen. En su ciudad era un chico formal y de muy buena familia, pero lejos de Tenerife se prostituía travestido en la Castellana, y como algunas personas nunca pasan desapercibidas, Pedro Almodóvar quería incluirlo en una de sus películas, pero mi amigo se negó. Mon cabalgaba la vida y se dejaba cabalgar por ella, además de jugar muy bien al ajedrez. Cuando se enteró de mi historia, ocupó todas las tardes que pasé allí hasta que pude marchar, en enseñarme la isla de punta a punta, San Andrés, el Teide, la laurisilva, el Taganana, etc. Nunca tuve la oportunidad de agradecérselo con algo más que palabras. Nos enfrascamos en una de las conversaciones más entretenidas e interminables del planeta, la retomábamos por las tardes donde la dejamos a las tantas, cambiando únicamente el paisaje. De no haberme ido, podríamos todavía estar charlando, por supuesto. Pero volvamos al Tinguaro y acabo mi historia. En este sitio singular se reunía la crema pocha de hongos y nata más gris, acre y rancia del inframundo, porque era una espaciosa barcaza salva vidas. Me explico: un vaso de vino tinto y un huevo duro, 25 pesetas. Con esto creo que lo he dicho todo. Había un cliente anciano que llamaba mucho mi atención, todos los días ocupaba el mismo sitio, solitario y sombrío. Su aspecto era inquietante, como si volviese andando de dar la vuelta al mundo en aquel mismo instante, con su piel curtida y resquebrajada en hondos surcos rotos. Su testa la coronaban una mezcla de blancos plumones y aceradas y puntiagudas espinas capilares transparentes. Cuando yo llegaba, él ya estaba allí, siempre. A lo mejor nunca se levanto de su silla. Se quedaba mirándome inmutable. No me molestaba en absoluto, yo hacía lo mismo, las ronchas y lamparones de su abrigo eran un mundo salvaje a explorar. Era un abrigo enorme de paño grueso, negro, costroso y apestoso, raido como su propia piel. Una mañana se murió mirándome mientras yo me comía mi huevo duro. Que pachorra, que tranquilidad, que silencio. A él le sobraba la vida y a mí el tiempo. Ya no. Aquel fue el único día que vi personas ajenas al club del Tinguaro, eran los camilleros que se llevaron el cuerpo de este finado al que no tarde en dibujar. En aquel tiempo dibujaba con una bombona de tinta directamente sobre el papel. La tinta, el olor de la tinta

Información del artista

Por suerte el mundo me ha hecho estúpido. Además, no estoy condicionado por las antiguas técnicas. Puesto que me arrepiento del año pasado y me avergüenzo de ayer, dejo todo en manos de la fortuna, y en mi pintura soy libre de hacer lo que me plazca. Katsushika Hokusai (1836)



Con humildad hago mío este sentimiento. Así en completo silencio, voy conociendo los entresijos del mundo. Instalado en una visión dentro de un viaje interior al centro de mí...

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