IDUS DE MARZO-El asesinato de Julio César
Detalles de la obra
-Momentos previos al asesinato de Julio César, idus de marzo del año 44 aC--.
Había estado cayendo aguanieve toda la noche, a pesar de que ya era marzo y se hallaba cercana la primavera. En el cielo, sólo un resplandor mortecino anunciaba el inminente amanecer, pues un adusto farallón de nubes tapaba la salida del sol. Y bajo aquel cielo espectral Roma tiritaba, sumergida en un mar de azulada oscuridad.¡Quién diría que aquella ciudad encogida fuera la dueña del mundo!---.A los pies del monte Esquilino, no lejos del Foro, la Domus Pública no daba señales de vida; todos parecían dormir. Todos excepto Calpurnia, la mujer de César, que estaba despierta. Pues había tenido una pesadilla, una de sus pesadillas, habituales por otra parte, si bien esta vez una inusualmente violenta ycuando se despertó, en el paroxismo de un sueño turbador, se encontró de repente arrodillada en la cama, sudando a mares y jadeando. En esos instantes no pudo recordar qué había soñado. Pero seguro que se trataba de algo horrible, se dijo, pues estaba temblando. Entonces, quizás al reparar en la impenetrable oscuridad que la rodeaba, sintió un miedo súbito. Pues pensó que, efectivamente, quizás había salido de un mal sueño ..., pero sólo para ingresar en un sitio peor, pues de repente la cama se le antojó una isla. Una isla en medio de un mar de tinieblas y en el que sólo estaba ella. Se preguntó entonces qué hacía allí, cómo había llegado. Y lo único que se le ocurrió en esos instantes fue que debía estar esperando a alguien. En cuyo caso -se dijo- no podía ser a otro que a Caronte. Lo cual la hizo estremecerse, al pensar que de un momento a otro llegaría el inexorable barquero de cara de perro, remando hasta la orilla, para llevársela camino de los ignotos dominios de la muerte. Por lo que en esos momentos la mujer concluyó si no estaría ya muerta (¡en modo alguno despierta!) y si por tanto no habría dado comienzo para ella su "eterna nox dormienda".---.Entonces pensó en lo horrible de no haberse podido despedir de su esposo, y lo que aún era peor, sin haber recibido de él su moneda para pagar al barquero. Aquello la llenó de pánico y quiso gritar, pues en esas condiciones estaba condenada a vagar como una sombra errante, por toda la enternidad. Pero no pudo emitir más que una especie de gruñido : animal, primario. Pues el mismo terror que la había empujado a gritar estrangulaba a la vez su garganta. Entonces la mujer extendió el brazo en derredor suyo, como si buscara algo o a alguien y convencerse así de que no estaba sola. Hasta que finalmente su mano tropezó con el cuerpo de su marido. Lo palpó, sintió su calor, incluso pudo percibir su respiración pausada y profunda. Aquello fue suficiente para calmarla; lo que hizo que se echara a llorar de alivio, dando gracias a los dioses porque no estaba sola. Entonces sintió que podía respirar de nuevo sin dificultad; y con avidez aspiró el aire húmedo y frío de la alcoba, aquella fetidez familiar que olía a moho, orines y excrementos de ratón y que era el olor de la vida. Finalmente Calpurnia comprendió que los dos estaban vivos. Ya mucho más tranquila se pasó el antebrazo por la cara para secarse las lágrimas y, bostezando un par de veces, se volvió a quedar dormida. Al cabo de un rato fue César quien se despertó. Sintió a su mujer a su lado, que dormía profundamente. Pensó en cómo podía dormir de esa manera cuando a él la proximidad del amanecer le despertaba siempre, aunque no se lo con una pizca de envidia salió de la cama y buscó sus zapatillas, que estaban junto al orinal. Se las calzó y seguidamente se llegó hasta el arcón a los pies del lecho, donde estaba su túnica. Tras ponérsela, moviéndose a tientas, se llegó hasta la puerta y abandonó la habitación. ---.Al salir del cubículo vio junto a la puerta a Gabó, encargado de velar su sueño y el de su esposa en el último turno de la noche. El joven esclavo estaba sentado en una esterilla de esparto y con la espalda apoyada en la pared. Una manta raida le cubría poco más que los hombros. Estaba dormido, y no se percató de la presencia de su amo al salir de la habitación. César no lo despertó; en su lugar lo que hizo fue coger la lámpara que ardía a sus pies y comprobar que Calpurnia seguía durmiendo. Tras lo cual cerró la puerta con cuidado y, desentendiéndose del esclavo, echó a andar pasillo adelante, camino de la letrina. ---. Una vez hubo terminado allí, César volvió al pasillo, que llevaba hasta la puerta del peristilo. Al lado de ésta se abría un ventanuco en un entrante de la pared, donde César dejó la lámpara. No había cuidado de que la llama se apagase, pues la abertura estaba cerrada por una lámina de alabastro. Seguidamente César procedió a abrir la hoja de la puerta, soltando cerraduras y cerrojos hasta que ésta quedó libre. Entonces cogió un capote de legionario que colgaba de un clavo, se lo puso, y acto seguido salió al jardín. Fuera todavía caía aguanieve. Aunque aún estaba muy oscuro, César vio enseguida al guardián apostado en la torreta, al otro lado del patio. El cual, al darse cuenta de su presencia, le dirigió un saludo marcial, y al que César respondió con el mismo gesto. La Domus Pública nunca había tenido guardianes; pero los tiempos revueltos que convulsionaban Roma desde la vuelta de César habían hecho aconsejable la medida. De manera que se había construido aquella torre, desde la que se podía observar cualquier intento de acceso a la casa por su parte más vulnerable. ---.César iniciaba su día oficialmente inspeccionando aquel patio. Pues allí se encontraba el fuego sagrado de Vesta, del cual se ocupaban las vestales y de quienes a su vez él era el jefe, en su calidad de Pontífice Máximo. Allí estaba también el pozo, del que César bebía agua de forma ritual antes de seguir adelante con sus obligaciones.---. Esta vez en cambio prefirió no moverse de donde estaba, pues sentía molestias en la tripa y no quería exponerse a la intemperie más de lo necesario. En realidad le bastaba con seguir bajo la cubierta del pórtico para comprobar que el fuego de Vesta ardía con fuerza. Un fuego que César miró unos instantes fijamente, complacido de que las vírgenes vestales cumplieran con tanto celo la tarea de alimentarlo. Lo cual era un deber de la máxima exigencia, pues en aquel fuego vigoroso residía el espíritu de Roma, invencible, como todo romano sabía, mientras no dejara de arder.---. El llanto cercano de un bebé sacó a César de su ensimismamiento. Pensó que sería algún niño abandonado, depositado en un vertedero que había en las inmediaciones de la casa. Aunque más probablemente -rectificó- se trataría de una niña, pues en las familias romanas los varones eran siempre más valiosos que las niñas.---. César suspiró, pensando en por qué razón él no había tenido ningún hijo varón, él, que tanto se jugaba en tener descendencia. Menos mal que el nieto de su hermana parecía estar a la altura deseada - pensó-; pues de no haber sido así no lo habría designado su heredero en su testamento. Cierto es que estaba Cesarión, nacido de sus amores con Cleopatra; pero César no lo amaba. Pues se trataba de un niño corriente, por no decir mediocre, y que en suma había supuesto una decepción para él. Pese a lo cual no pudo evitar sentir un pellizco de tristeza en el estómago por aquel niño desventurado, pues César sabía que cuando él ya no estuviese, Octavio lo eliminaría sin contemplaciones.---. De repente un gato pasó por delante del fuego, corriendo tras un ratón. Entonces César reparó en que se estaba quedando frío y que era mejor volver adentro. Antes de retirarse miró de nuevo a lo alto y contempló los copos de nieve, descendiendo blandamente. Se fijó en los que caían sobre el fuego sagrado, desintegrándose antes de llegar a tocar las llamas. Y quiso imaginarse en ellos a los enemigos de Roma, sucumbiendo ante su fuerza. Con este pensamiento entró en la casa, cerrando la puerta tras de sí. Mientras se quitaba el capote César experimentó por un instante una sensación abrumadora : podía sentir el peso de Roma, descansando sobre sus hombros. Sólo que él no era un dios, ni siquiera un atlante, para soportar por mucho tiempo semejante carga.---. Ya volvía, camino ahora del gabinete cuando vió a Gabó, que no sólo se había despabilado, sino que se acercaba en esos momentos a pedir disculpas por haberse quedado dormido. Portaba ahora otra lámpara, la cual le iluminaba el rostro, en el que destacaban unos ojos azules de germano adolescente. El muchacho se fue a postrar a los pies de César, pero éste le detuvo; no le gustaban los gestos serviles, y sólo había permitido algo así a Vercingétorix la mañana de su rendición en Alesia, porque sabía que aquella escena aceleraba su conquista de la Galia. Gabó en realidad no era un esclavo al uso, sino un rehén obediente al que por otro lado le gustaba más Roma que el poblado eduo de casucas con techos de paja de donde provenía. De él había salido un día acompañando a las legiones romanas como garantía de buen comportamiento de su tribu.---. Al principio Gabó se había sentido triste, pero pronto se dio cuenta de que aquello había sido un golpe de suerte para él. La leve cojera que padecía lo descalificaba a los ojos de su gente como futuro jefe, y facilmente comprendió que si su padre se desprendía de él en lugar de su hermano más pequeño era por eso. Pero quizás haberse caido de un caballo y haberse tronzado la pierna estaba en su destino, un destino que tenía a Roma en el horizonte.---. Gabó, cuyo nombre auténtico era Gangwolf, el cual por alguna razón los romanos no podían pronunciar, aprendía el latín con pasmosa facilidad y tenía un amo en César que le apreciaba. Hasta el punto de haber empezado pronto a hablarle de su futura libertad. Sorprendido por su capacidad, César había determinado que aquel talento natural no se perdería en el anonimato de una oscura esclavitud. Por lo que llegado el momento lo manumitiría.
Sobre el artista
juan luis pastor fernández
España | Fotografía, Dibujo, Pintura
Graciela Noemi Izaguirre
16 de marzo de 2013