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Esta obra es una representación conceptual del infierno, entendido no solo como un lugar de castigo, sino como el vacío absoluto: el único lugar donde la luz de Dios no llega. Bajo un eterno eclipse de luna rojiza, la figura de un demonio se alza como una fuente de falsa iluminación.
A sus pies, se pueden ver las almas condenadas arrastrándose hacia él, atraídas por ese brillo engañoso. Es una metáfora del pecado: aquello que nos atrae con la promesa de saciarnos pero que, una vez alcanzado, nos consume y nos destruye. El demonio aquí no solo preside el abismo, sino que se alimenta de la desesperación de quienes buscaron refugio en su sombra. He utilizado un contraste extremo para enfatizar la soledad de este lugar donde la verdadera Luz del Mundo ha sido expulsada.
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