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En esta pintura he querido rendir homenaje a la lucha contra el racismo, a la dignidad del pueblo negro y a la memoria de todos aquellos movimientos que se alzaron para decir basta. Entre ellos, el espíritu de los Black Panthers sigue presente como símbolo de resistencia, conciencia, orgullo e identidad. No para vivir anclados en el pasado, sino para recordar que cada derecho conquistado nació porque hubo quienes se negaron a seguir agachando la cabeza.
Este rostro femenino no baja la mirada. Se impone. Existe. Reclama su lugar. La fuerza de su expresión, el puño levantado y la energía gestual de la obra hablan de lucha, pero también de dignidad y de futuro. Porque el racismo no es solo una herida histórica: es una vergüenza que todavía intenta sobrevivir en nuestras sociedades. Y por eso no se puede olvidar.
Con esta obra he querido decir que no podemos seguir retrocediendo. La humanidad no puede volver una y otra vez a los mismos prejuicios, al mismo odio, a la misma ceguera. Hay que ir hacia adelante. Todos los seres humanos somos iguales, sea cual sea el color de su piel. Nadie vale más, nadie vale menos.
Esta pintura es un grito visual contra la discriminación y una llamada a la memoria. Porque olvidar estas luchas sería abrir la puerta a repetirlas. Y porque mientras exista racismo, el arte también debe tener el valor de ponerse en pie.
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