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En esta obra, la calidez de los tonos ocres y amarillos baña un paisaje montañoso infinito, capturando la luz dorada de un atardecer o un amanecer temprano. El protagonista es un almendro en flor que se alza con delicadeza en el primer plano, simbolizando la vida y la renovación frente a la inmutabilidad de las rocas.
A través de capas suaves de acrílico, he buscado crear una atmósfera neblinosa y poética que invite a la contemplación. Es una pieza que transmite serenidad y optimismo, ideal para aportar una sensación de amplitud y luz natural a cualquier estancia.
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