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La madre superiora tocaba el Preludio de Bach a dúo con Sor Dera. No lo hacía para el deleite de Dios, sino como penitencia impuesta a las novicias durante el almuerzo.
El sonido, descrito como "un gato quejándose en latín" por las postulantes, obligaba a las jóvenes a comer más rápido para volver a sus rezos y aumentar su fe.
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