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Una perspectiva de El Palmar que rehúye de la postal típica para adentrarse en la verdadera escala de la Albufera. En esta obra, el tejido urbano se desplaza intencionadamente hacia un margen, reducido a las siluetas traseras de los restaurantes locales. El verdadero protagonista es el vacío: la inmensidad del arrozal inundado que avanza implacable hasta el borde de las casas. A través de los reflejos limpios del agua y los trazos que dibujan los restos de la siega, la pintura busca capturar esa calma magnética y rotunda que imponen las montañas lejanas en el horizonte. No es solo un paisaje; es una mirada a la frontera exacta donde la luz, el agua y la tierra encuentran su propio acuerdo
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