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Lo sagrado no está lejos, sino en la naturaleza
Esta Guadalupe...
No nació de un lienzo, ni bajó de las nubes entre querubines de porcelana. Esta Guadalupe es el alma misma del monte, la que decidió quedarse a vivir en la madera vieja para no abandonar nunca la tierra.
Cuentan que en el silencio de un bosque olvidado, un árbol antiguo dejó de crecer hacia el cielo para empezar a mirar hacia adentro. Con el paso de los inviernos, su corteza se fue plegando con la suavidad de un manto y su tronco se abrió como un nicho natural, revelando la figura que siempre estuvo allí, esperando ser vista.
Es una virgen de agua y musgo, que no necesita templos de piedra porque ella es su propio refugio. Su resplandor no es de oro, sino de esa luz tenue que se filtra entre los pinos al atardecer. Está ahí para recordarnos que lo sagrado no está lejos, sino en la naturaleza que respira, en la humedad del pantano y en la paciencia infinita de los árboles que nos ven pasar.
Es la madre de todo lo que brota, la que protege el sueño del bosque y escucha los secretos que el viento le sopla a las ramas.
Mi nombre es Alberto Thirion y me llaman el pintor más famoso del mundo, lo dicen en broma, pero me gustaba el apodo y lo he tomado como consigna.
El apodo o eslogan nació como consecuencia lógica de una obra titulada La muerte del diablo. Esta es la historia a grandes rasgos, cuando aún era joven exhibía mi obra en compañía de otros compañeros pintores, entre todos los espectadores que por cierto esta vez eran muchos, llegó un muchacho que debía ser rico, para a quien le iban a comprar un cuadro como regalo de cumpleaños.
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