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La mirada que se abre en el centro de la calavera no es de miedo: es la claridad que solo llega cuando comprendemos que la muerte no es un final lejano, sino el latido que habita en cada paso nuestro. Los ojos vacíos que brillan en verde y sombra nos recuerdan que cada instante es prestado, y precisamente por eso —porque el fin camina a nuestro lado— la vida se vuelve tan preciosa, tan intensa, tan única.
No es un canto al olvido, sino un himno a lo que somos mientras somos: la muerte nos da su medida para que aprendamos a valorar cada respiro, cada abrazo, cada luz que tocamos. Los rayos que brotan de su cabeza son la revelación: al aceptar que es parte de nosotros, dejamos de vivir en la sombra del miedo y empezamos a vivir de verdad, con toda la fuerza que solo tiene lo que no dura para siempre.
Esta obra nos dice que no hay vida plena sin saber que es finita: es esa certeza la que le da su color, su sabor, su verdadero sentido a todo lo que construimos, sentimos y amamos.
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