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La obra presenta una figura imponente y cruda: un rostro de tonos rojizos y oscuros, con cuernos negros y un pentagrama marcado en la frente, símbolo que aquí funciona como signo de alteridad y fuerza desbordada, más allá de interpretaciones convencionales. Sus ojos son pequeños puntos blancos que brillan en la oscuridad de sus cuencas, y una boca abierta revela una hilera de dientes afilados, como un grito o una advertencia.
Las manchas negras que caen por su rostro y cuerpo le dan un sentido de desgarro, de algo que se desborda o se consume a sí mismo. El fondo azul vibrante, con toques verdes, contrasta con la intensidad de la figura, haciendo que resalte con fuerza. El trazo es directo, sin adornos innecesarios, cargado de emoción bruta: es una representación de lo temido, lo reprimido o la fuerza instintiva que no se puede acallar.
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