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Esta figura marina nace entre oleajes de luz, espuma y colores líquidos, como si el propio océano se hubiera atrevido a soñar con un rostro humano. Sus ojos, transparentes como perlas recién abiertas, miran con una mezcla de calma y revelación, mientras lágrimas saladas resbalan y se funden con el horizonte. Las conchas que la rodean —pechos, coronas y cicatrices— hablan de protección y vulnerabilidad, de lo que el mar esconde y revela a su antojo. Estrellas de mar, fragmentos de cielo y corrientes de agua se entrelazan para recordarnos que esta mujer es más que una imagen: es un nacimiento, un retorno a lo primordial donde la belleza surge sin pedir permiso. Aquí, el cuerpo y el océano son el mismo latido, una respiración eterna entre la orilla y la profundidad.
Nacida en el histórico Barrio de las Letras de Madrid, Alicia de la Güida aprendió desde niña que el arte podía ser refugio, espejo y salvación. Su mirada, distinta y profunda, veía belleza donde normalmente sólo hay rutina. Alicia pinta la belleza que vibra, la que nace de la emoción, del caos, de la pasión y de la búsqueda constante de armonía. Porque, como ella misma afirma y encarna en cada creación...
SÓLO CON PASIÓN SE PUEDE SER ORIGINAL
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