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Espejo ritual donde dos mitades femeninas —similares, pero nunca iguales— se reconocen desde lo más hondo de su esencia. Cada una porta un animal totémico sobre la cabeza: la velocidad salvaje del felino y la firmeza ancestral del carnero, dos energías opuestas que se buscan y se completan. Los cuerpos se tocan en un punto exacto, como si ese gesto fuera un pacto silencioso entre vulnerabilidad y poder. Las trenzas, las curvas y los colores crean un flujo que conecta lo instintivo con lo espiritual, convirtiendo la escena en un símbolo del equilibrio interior. Esta obra nos recuerda que dentro de cada mujer conviven múltiples fuerzas, y que la verdadera libertad nace cuando una reconoce, abraza y reclama su propia dualidad: tu yo, contigo; tuyo, por fin.
Nacida en el histórico Barrio de las Letras de Madrid, Alicia de la Güida aprendió desde niña que el arte podía ser refugio, espejo y salvación. Su mirada, distinta y profunda, veía belleza donde normalmente sólo hay rutina. Alicia pinta la belleza que vibra, la que nace de la emoción, del caos, de la pasión y de la búsqueda constante de armonía. Porque, como ella misma afirma y encarna en cada creación...
SÓLO CON PASIÓN SE PUEDE SER ORIGINAL
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