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En esta visión poderosa de una nueva Eva, la mujer emerge como un icono que reúne lo sagrado y lo prohibido, lo primigenio y lo contemporáneo. Envuelta en un manto rojo que recuerda a las diosas antiguas, sostiene su propia historia con una mezcla de desafío y serenidad. Sus ojos, cargados de conocimiento interior, parecen atravesar el velo del tiempo mientras su cuerpo se ofrece sin pudor como territorio de verdad, no de pecado. Alrededor, las frutas rotas —símbolos de tentación, vida y caída— se mezclan con fragmentos de un lienzo rasgado, como si la creación misma luchara por contenerla. Esta Eva no es culpable de nada: es origen, es fuerza y es renacimiento. Una mujer que se rehace desde el deseo, la libertad y la luz que brota desde lo más hondo de su ser.
Nacida en el histórico Barrio de las Letras de Madrid, Alicia de la Güida aprendió desde niña que el arte podía ser refugio, espejo y salvación. Su mirada, distinta y profunda, veía belleza donde normalmente sólo hay rutina. Alicia pinta la belleza que vibra, la que nace de la emoción, del caos, de la pasión y de la búsqueda constante de armonía. Porque, como ella misma afirma y encarna en cada creación...
SÓLO CON PASIÓN SE PUEDE SER ORIGINAL
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