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Todos tenemos un ángel, esta figura alada, atrapada entre la luz del cielo y el oleaje, encarna el instante en que la fe vacila pero no desaparece. Con los ojos vendados y el cuerpo inclinado contra la columna, parece sostener el mundo con un último gesto de esperanza. Sus alas "quebradas, suaves, casi heridas" envuelven un océano que ruge desde dentro, como si el dolor y la belleza brotarán de la misma fuente. La lágrima que cae, discreta y luminosa, es el hilo que une lo humano con lo divino. En esta escena, la mujer no cae ni se rinde: resiste. Y en su resistencia nace una verdad silenciosa, una revelación íntima que solo pueden escuchar quienes alguna vez han sido golpeados por su propio mar interior.
Nacida en el histórico Barrio de las Letras de Madrid, Alicia de la Güida aprendió desde niña que el arte podía ser refugio, espejo y salvación. Su mirada, distinta y profunda, veía belleza donde normalmente sólo hay rutina. Alicia pinta la belleza que vibra, la que nace de la emoción, del caos, de la pasión y de la búsqueda constante de armonía. Porque, como ella misma afirma y encarna en cada creación...
SÓLO CON PASIÓN SE PUEDE SER ORIGINAL
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