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La obra presenta una figura humana que no se ofrece como retrato, sino como territorio de inscripción. El rostro emerge desde una trama densa de líneas, veladuras y manchas, como si fuera excavado más que dibujado. Aquí, el cuerpo no es identidad fija, sino superficie atravesada por el tiempo, la experiencia y la memoria.
La composición frontal sitúa al espectador en un encuentro directo, casi incómodo. La mirada baja, contenida, rehúye la afirmación y propone en cambio un estado de introspección. El fondo, construido mediante amplios gestos circulares y capas terrosas, envuelve a la figura y elimina cualquier referencia espacial concreta, desplazando la escena hacia un ámbito simbólico, mental o ritual.
La paleta, dominada por ocres y marrones, remite a lo orgánico, a lo primitivo, a la materia como origen. Sobre esta atmósfera aparecen incisiones de rojo intenso que operan como marcas de acontecimiento: no ilustran la herida, la evocan. Son señales mínimas pero decisivas, que interrumpen la continuidad visual y activan una lectura emocional y corporal de la imagen.
El dibujo insistente, casi obsesivo, deja visible el proceso y niega toda idealización. La figura se construye desde la fragilidad, desde el error y la superposición, afirmando una poética del rastro antes que de la forma cerrada. En este sentido, la obra se inscribe en una práctica contemporánea donde el gesto funciona como escritura y el cuerpo como archivo.
Más que representar un sujeto, la obra propone una presencia: silenciosa, vulnerable y persistente. Un cuerpo que no se explica, pero permanece. Un rostro que no mira al espectador, sino hacia adentro, invitando a una experiencia contemplativa donde la imagen actúa como espejo emocional y espacio de resonancia.
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