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En la Ciudad que nunca duerme, las voces se mezclan con el eco de sus propios fantasmas.
Figuras quebradas, bañadas en luz eléctrica, parcen gritar lo que nadie escucha:
Sus gestos son máscaras, sus colores un mapa de heridas abiertas.
En este rincón de ruido y asfalto, la multitud no acompaña: engulle.
Cada rostro es un fragmento, un impulso una emoción detenida.
Un instante de vida que arde y desaparece, como un grito suspendido entre neón y sombra.
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