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Una figura aparece entre capas de color,
como si la alegría no fuera un gesto
sino una resistencia silenciosa.
La sonrisa no se muestra del todo:
se intuye.
Habita en el cuerpo, en la tensión del trazo,
en la forma de sostenerse frente al mundo.
La mujer sonriente no celebra,
permanece.
Y en esa permanencia
hay una fuerza íntima, imperfecta y profundamente humana.
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