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En esta pieza, busqué explorar la conexión profunda entre la esencia humana y la materia prima de la tierra. La elección de la técnica mixta, con acrílico como base y la incorporación de elementos texturizados (como granulados de tierra, arena o posos), no fue aleatoria. Mi intención era romper con la superficie lisa y convencional del lienzo para dar vida a un rostro que parece emerger o, quizás, desintegrarse en la propia materia de la que venimos.
Los tonos ocres, tostados y terrosos predominan, evocando una paleta natural y orgánica, mientras que los pigmentos acrílicos me permitieron construir las luces y sombras, el volumen y la expresión. La textura granulada no solo aporta una dimensión táctil, sino que simboliza las capas de experiencia, la erosión del tiempo o la pureza elemental que reside bajo la piel.
Los ojos, el punto focal central, están trabajados con detalle para transmitir una mirada profunda y contemplativa, invitando al espectador a una introspección. Los labios, con su color intenso y su propia incorporación de textura, sugieren una voz que se mezcla con la tierra, una expresión cruda y visceral.
En esencia, esta obra es una reflexión sobre la vulnerabilidad y la fuerza, la imperfección y la belleza intrínseca, y cómo la identidad se moldea y se revela a través de la interacción con el entorno. Es un retrato que busca trascender lo meramente figurativo para convertirse en una metáfora de nuestra existencia
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