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Galateas en metamorfosis (17)
GALATEA 17 ( SOY YO…)
Ya no es mármol el alba que te nombra,
ni el cincel frío que talló tu forma
en sueños de Pigmalión dormido.
Eres mujer —y el agua lo confirma—
con grietas finas donde el alma asoma,
heridas dulces de la metamorfosis,
como raíces que rompen la corteza
para besar el aire por primera vez.
Desnuda estás, mas no del todo expuesta:
tu mano derecha guarda los pechos tiernos,
la izquierda vela el origen del misterio,
no por vergüenza, sino por temblor
de quien descubre que su piel respira,
que su sangre canta, que su sombra existe
más allá del pedestal y del silencio.
Sumergida hasta los muslos en la fuente
de mármol griego —espejo sin memoria—,
te inclinas leve, como si el reflejo
fuera un espejismo que aún no se nombra.
Y allí te ves: no estatua, no mito,
sino mujer con ojos que se asombran
ante sí misma, boca entre cerrada,
semblante sereno… y corazón en fuga.
Tu trenza rubia, como río antiguo,
descansa en hombro y pecho izquierdo,
mientras el resto del cabello suelto
besa el agua con timidez de novia.
Tus brazos, pegados al costado,
no esconden tanto como acarician
el milagro reciente de tu cuerpo,
ese que ahora siente el frío y el tacto,
el deseo y el miedo, el ser y el verse.
Galatea, en este instante eterno,
no eres ya sueño de otro, ni obra ajena:
eres el primer verso que te escribes,
el primer espejo que te reconoce,
el primer "yo" que brota de tus labios
sin necesidad de voz.
Y el agua, cómplice, guarda el secreto:
que toda diosa nace cuando se mira.
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