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Análisis de la obra:
La obra se inscribe dentro de un lenguaje expresionista–simbólico, donde la figuración se presenta deliberadamente alterada para priorizar la carga emocional y conceptual por sobre la representación realista. La figura central, de apariencia antropomorfa, se construye mediante una estructura frontal y axial que otorga estabilidad compositiva, aunque esta se ve tensionada por la superposición de planos, duplicaciones y desplazamientos formales.
Desde el punto de vista compositivo, el eje vertical organiza el cuerpo y el rostro, mientras que las extensiones laterales y superiores rompen la simetría estricta, generando dinamismo y ambigüedad. El desdoblamiento del rostro —una cabeza principal y una silueta secundaria superpuesta— introduce la noción de simultaneidad identitaria, como si el sujeto habitara más de un estado de conciencia o tiempo psíquico.
En cuanto al tratamiento del color, predomina una paleta terrosa (ocres, verdes, rojizos y negros), asociada a lo orgánico, lo primitivo y lo ancestral. Estos colores no cumplen una función descriptiva, sino simbólica y emocional. Los contrastes suaves y las transiciones veladas refuerzan una atmósfera introspectiva, casi ritual. El negro aparece como elemento estructurante, delimitando formas y aportando peso visual y densidad conceptual.
La materialidad y la gestualidad del trazo evidencian un proceso pictórico intuitivo y corporal. Las pinceladas visibles, los arrastres y las zonas de indefinición generan una textura que remite a lo arcaico, lo inacabado y lo humano. Esta decisión formal refuerza el carácter expresivo de la obra y su rechazo a una estética pulida o académica.
Desde el plano iconográfico, los ojos cerrados u oscurecidos sugieren introspección, silencio interior o desconexión del mundo exterior. Las formas que emergen de la cabeza —asimilables a cuernos, ramas o proyecciones simbólicas— remiten a arquetipos vinculados con lo chamánico, lo instintivo o lo espiritual, estableciendo un puente entre lo humano y lo natural. El cuerpo, reducido a una síntesis cromática y gestual, funciona más como soporte simbólico que como anatomía reconocible.
En el nivel conceptual, la obra reflexiona sobre la identidad como una construcción fragmentada, mutable y atravesada por múltiples capas: lo consciente y lo inconsciente, lo individual y lo colectivo, lo contemporáneo y lo ancestral. El desdoblamiento del rostro puede interpretarse como conflicto interno, memoria persistente o coexistencia de distintas voces del yo. La figura no se presenta como retrato, sino como estado: una representación del ser en tensión consigo mismo.
En síntesis, la obra propone una experiencia visual y simbólica intensa, donde forma, color y gesto se articulan para construir una imagen que interpela al espectador desde lo emocional y lo arquetípico. Más que ofrecer respuestas, plantea preguntas sobre la identidad, la introspección y la permanencia de lo primitivo en la subjetividad humana.
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