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Herida abierta en el tiempo: un grito silencioso contra la violencia ejercida sobre la memoria y el conocimiento. Las páginas, desgarradas y sangrantes, se convierten en testigos de un pasado en el que la ignorancia quiso sofocar la luz de las ideas. De entre los libros mutilados emerge la escena monocroma de los censores, rígidos y fríos, cargando volúmenes como trofeos arrebatados a la humanidad. La composición contrasta el rojo vivo —la sangre del pensamiento— con la dureza implacable del blanco y negro histórico, recordándonos que cada libro destruido es un latido apagado. Esta obra no solo denuncia: mantiene viva la memoria para que nunca vuelva a repetirse lo irrepetible.
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