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Este cuadro habla del momento en el que ya no es posible fingir que todo está bien.
Cuando la energía sigue ahí, pero está cansada de ir en una dirección que no es la propia.
En el centro aparece un rostro amarillo, un “smiley” con las comisuras hacia abajo.
No es tristeza ni debilidad.
Es un estado de claridad sin ilusiones:
lo entiendo todo, lo siento todo y ya no quiero engañarme.
El amarillo aquí es el color de la conciencia, de la lucidez, de la madurez.
Habla de una persona que ha vivido lo suficiente como para dejar de esconderse tras una sonrisa.
La tristeza no la dispersa — la reúne.
Las formas fluidas alrededor son huellas de la tensión vivida.
Energía gastada en esfuerzo, control, expectativas.
Ahora esa tensión se libera no a través del colapso, sino a través del reconocimiento.
Esta obra es para quienes están en un punto de elección:
seguir en el viejo guion o asumir responsabilidad por sus emociones y por la dirección de su vida.
No desde la lucha — desde la honestidad.
El cuadro no salva ni arrastra.
Devuelve el contacto con uno mismo.
Y desde ese estado, el movimiento hacia adelante siempre comienza — por el camino verdadero.
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