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Pintada al óleo únicamente con Van Dyke Brown, esta obra nace de la renuncia al color añadido. No hay blanco ni negro: la luz aparece al ser retirada. La superficie es tallada, no pintada, como si la imagen hubiera estado siempre ahí, esperando ser revelada. El gesto es lento y casi ritual, cercano a la madera y al tiempo, donde la materia se vacía para que la forma respire.
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