«Como muy largos ecos de lejos confundidos, en una tenebrosa y profunda unidad, vasta como la noche, como la claridad, perfumes y colores y sones se responden». Estos versos del célebre soneto Correspondencias de Baudelaire, que funcionan como clave de introducción a todo el movimiento simbolista, nos pueden servir, asimismo, como una anticipación cargada de intenciones para definir la obra de Louis Welden Hawkins (Esslingen, 1849- Bretaña francesa, 1910).

Una campesina. Hacia 1880. Louis Welden Hawkins

Una campesina. Hacia 1880. Louis Welden Hawkins

Nacido en la población alemana de Esslingen, abandonó a muy temprana edad su ciudad de origen para construir su infancia en Gran Bretaña, país de su progenitor, y abandonar posteriormente, también a este, para recibir su formación académica a las orillas del Sena. En prestigiosas academias parisinas como la de Julian, o más tarde, y de la mano de Gustave Buolanger, en la Academia de Bellas Artes, fue creciendo y acrecentando el gusto por las cerdas de pincel.

El velo. Hacia 1890. Louis Welden Hawkins

El velo. Hacia 1890. Louis Welden Hawkins

Como todo buen hijo de su tiempo, adscrito a la segunda mitad del siglo XIX, Louis Welden Hawkins se vio atraído por la corriente simbolista que comenzaba a dominar la escena de la ciudad de la luz. Aquel manifiesto de Jean Moréas sentaba las bases para una nueva vuelta de tuerca, otra más, al concepto platónico de las formas como recuerdo esotérico de la idea inmutable. Y el misticismo impregnó los lienzos de numerosos artistas, Mallarmé o Verlaine cómo máximas expresiones, que supieron llevar esa sinestesia, esa correspondencia anunciada por Baudelaire entre cosas que, aparentemente, son incompatibles. También este fue el terreno de Louis Welden Hawkins.

Séverine. Hacia 1895. Louis Welden Hawkins

Séverine. Hacia 1895. Louis Welden Hawkins

 

En su obra predominan los retratos femeninos, entre los que destacan las enigmáticas posturas adoptadas por sus modelos, plasmadas con expresiones cargadas de misticismo que nos transportan, con un trazo cuidadoso y soñoliento, a las fronteras de lo irreal. Entre sus piezas más reconocidas encontramos Séverine (hacia 1895), una de las más notables creaciones del pintor. En ella se nos presenta una escena poco habitual para la época, la de una mujer dedicada a la escritura y los asuntos intelectuales. La modelo, la periodista Séverine, participó en diversas publicaciones pro defensa del mundo obrero, llegando a convertirse en directora del periódico Le Cridu Peuple. El fondo de oro sobre el que se enmarca el retrato recuerda a la pintura italiana del Renacimiento. Una referencia constante para el pintor.

Clytie. Hacia 1890. Louis Welden Hawkins

Clytie. Hacia 1890. Louis Welden Hawkins

Otro de sus lienzos más destacados es Clytie (hacia 1890). Tal vez una de las mejores expresiones de esa pretendida plasmación de la sinestesia. La confusión y mezcla del color y del gesto, que nos lleva hacia los sonidos, incluso, a los olores. En dicha obra podemos constatar la representación de un perfume femenino, el cual comienza con intensidad en su parte superior para ir difuminándose en el trazo, y ante la mirada de soslayo de su protagonista, y una vez atrapados, evaporar y abandonarnos de arriba a abajo.