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Sobre "El Silencio del Peso Azul".
El Silencio del Peso Azul posee la cualidad de ciertos poemas que no cuentan una historia y, sin embargo, Hay cuadros que se miran y cuadros que se escuchan. Esta obra pertenece a los segundos.
Ante ella, uno tiene la sensación de encontrarse frente a algo que ha sobrevivido a una larga conversación con el tiempo. El rojo no parece pintado: parece haber sido quemado, erosionado, atravesado por estaciones de luz y de sombra. Es el color de una memoria que se resiste a desaparecer, de una tierra removida una y otra vez hasta que sus estratos quedan expuestos.
En medio de esa vastedad encendida aparece el azul.
No llega como una afirmación, sino como una pausa.
Es un azul que no vuela. No es el azul del cielo abierto ni el de la distancia. Es un azul recogido sobre sí mismo, doblado por una gravedad secreta. Como una página que guarda una confesión, como una puerta cerrada que conserva detrás una habitación intacta, como el pliegue de una ausencia.
Quizá por eso el título resulta tan preciso. El silencio, en esta pintura, no es vacío. Tiene cuerpo. dejan una huella narrativa en quien los lee. No explica nada. No describe nada. Pero permanece.
Y cuando uno se aleja de la obra, tiene la impresión de que el azul sigue allí, inmóvil y atento, sosteniendo en silencio todo aquello que las palabras ya no pueden decir.
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