La Crítica: Jordi Torrent Colomer
Abr05

La Crítica: Jordi Torrent Colomer

La soledad de una bicicleta con el último sol de la tarde, el silencio de una biblioteca, el bullicio de una terraza, el romanticismo meciendo una góndola… Jordi Torrent es un observador certero que plasma con elegancia el sedimento que transpira la vida ante nuestros ojos. Habilidoso dibujante y de ingente producción, sus obras han cosechado innumerables premios, especialmente de pintura rápida, su gran amor. Pintar la vida pasar Desde que el ser humano fue consciente de sí mismo siempre ha tenido el anhelo de atrapar la vida en imágenes. Ese anhelo se transformó en obsesión en la segunda mitad del s. XIX, cuando una serie de pintores reaccionaron contra el academicismo para «impresionar» la vida. Aquel estilo ha sabido conectar con el gran público como ningún otro en la historia reciente del arte. Jordi Torrent ha consolidado su trayectoria artística partiendo de las máximas del impresionismo, una pintura melancólica que se debate entre la viveza del instante y la nostalgia del (inexorable) paso del tiempo. Por eso conecta tan bien con el público, porque no exige un a priori estético: se trata de degustar la vida en un lienzo, sin necesidad de manual de instrucciones. Pero como la poesía más desnuda, que es capaz de activar nuestra memoria más íntima, la obra de Jordi Torrent nos trae recuerdos… a cada uno, los suyos. Dos bicicletas aparcadas en una plaza con un mercadillo (Torroella) nos ofrece la brisa del verano, el pantalón corto, el paseo y el olor de la fruta fresca. ¿Cómo no viajar atrás en el tiempo y (re) visitar la plaza del pueblo, escuchar a los paisanos regatear con los comerciantes y sentir el aroma de la placidez? Y el mar (Caloret). Qué fácil es escuchar el rumor de las olas, el bullicio de los niños y sentir el agua en nuestros pies en uno de tantos veranos. Pero la vida no solo transcurre lenta y sosegada, también acelera los lunes, en los pasos de peatones de las grandes ciudades (Día de trabajo). Entonces sentimos el metro, la corbata en el cuello y el pitido de los coches con prisa. Y se oscurece. La soledad de un cigarrillo a medio fumar nos despierta sensaciones de agridulces, de final de noche, de vuelta a casa en penumbra (He dejado de fumar). Pintura rápida que se degusta lenta Con casi un centenar de premios, Jordi Torrent es un pintor con un merecido reconocimiento. Su afición a la pintura rápida le ha dado muchas satisfacciones. Esta modalidad exige por parte del artista un sexto sentido para la selección del motivo. En la mayoría de ocasiones, el paisaje es el...

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La Crítica: Juan Gallardo
Mar27

La Crítica: Juan Gallardo

Fue el primer cuadro que busqué cuando entré en el museo. Desde mis años de estudiante fantaseaba con la posibilidad de admirar aquel óleo con el que el joven Picasso había cambiado la historia del arte. Y cuando por fin lo tuve frente a mí, quedé absorto durante unos segundos. Luego, la foto de rigor y a seguir disfrutando del museo… Las señoritas de Avignon es algo más que «otro» cuadro de Picasso. Es «el» cuadro. No sé si Juan Gallardo opinará lo mismo, pero el artista andaluz cuenta con una controvertida versión del clásico de Picasso. Porque lo de Picasso es ya un clásico y, de vez en cuando, hay que revisitar los clásicos. Los señoritos de Avignon y otras versiones Picasso sabía que estaba ante algo grande en su trayectoria y por eso eligió un formato tan amplio. Ingres, Cézanne y tantos otros estaban un su retina cuando afrontó la temática: un grupo de mujeres que se muestran desnudas al espectador de forma más o menos impúdica. Pero lo que convirtió al lienzo de Picasso en un clásico fue el estilo elegido, entre al africanismo y el primer cubismo: el mundo del arte había cambiado, llegaban las vanguardias. Juan Gallardo no ataca el cuadro de Picasso a nivel formal, sino desde el  punto de vista temático. El arte cambia porque cambia la vida y Avignon sin señoritas le toma el pulso a una sociedad en la que el hombre desnudo también se muestra, también se vende. Con un punto de humor y otro de reivindicación, Gallardo coloca a cinco hombres en actitudes abiertamente sensuales, incluso uno de ellos muestra su bíceps. Los rostros no importan, tampoco en realidad los cuerpos, abocetados; lo que importa es la actitud y el efecto que esta crea en el espectador. Avignon sin señoritas es, tal vez, el cuadro más apetitoso de Gallardo, pero no es la única versión de los clásicos. Como Picasso (y otros miles de artistas a lo largo de los últimos siglos), el pintor cordobés también siente admiración por Velázquez y otros artistas del prestigioso Barroco español. Gallardo acude a una de las figuras de las celebérrimas Meninas (en este caso, la Infanta Margarita) para mostrar sus inclinaciones formales: una reinterpretación del cubismo clásico a través de facetas que dan forma a las figuras y que en los fondos se acerca a la abstracción. Gallardo no está interesado en los detalles, sino en el efecto estético que crea la obra, para lo que también pone mucho interés en las armonías de colores. En este sentido, llaman la atención dos cuadros de santos. Por un lado, San Francisco de...

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La Crítica: Saúl Gil Corona
Ene31

La Crítica: Saúl Gil Corona

«El arte no requiere de entendimiento, sino de espíritu, de alma; el arte se debe interpretar emocionalmente, no intelectualmente, porque el momento de empatía emocional surge en la oscuridad intelectual». Son palabras de Tarkovski, que insistía: «la gente que no tiene cultura está mucho más dispuesta a interpretar espiritualmente el arte, porque carece de pretensiones, porque alguien que es culto está lleno de pretensiones». El arte actual, y probablemente el de cualquier época, está asfixiado por las pretensiones, los ambages y los gin-tonics. Pocas personan sienten el arte, sino que piensan el arte mientras se rodean de él como un atrezzo más de su identidad social: la bufanda, la exposición y el vegano de la esquina. Por eso el arte, el nuestro, necesita a más tipos como Saúl Gil Corona, el artista que se duerme como Prometeo, exhausto, y se despierta con los brazos pletóricos de Atlas, sosteniendo su mundo, que volverá a ser devorado antes de que se esconda la luna. Su alma es fuego El artista maduro no necesita estar revuelto para crear. El artista «perro viejo» no debe esperar a ser devorado para facturar obras que devoren al espectador; tiene que ser capaz de mantener una suficiente distancia emocional  con respecto a sus ángeles y demonios para encauzar una trayectoria artística. Todo esto es lo que dice el manual. Pero la realidad es que se crea mejor embestido, filtrando la sangre fresca como tono principal de la obra. Saúl Gil Corona es un púgil que «Hace para no dejarse enredar por los pensamientos». Su alma flamea en obras que golpean con fuerza al espectador. En No habrá paz para los sueños, de título lapidario, un hombre desnudo ocupa casi toda la superficie de la tabla. Su grito furioso retumba hasta casi hacer temblar el gin-tonic del espectador. Sus desproporcionados puños, apretados, amenazan al cielo, porque los sueños, en nuestros sueños, no se pueden detener… Gil Corona disfruta con estos tipos humanos exuberantes, inmensos, que son capaces de amenazar a los dioses, pero también de amar a sus mujeres. Tal vez son una suerte de autorretrato, de una proyección del artista que no esconde nada, mostrando incluso el interior de su cuerpo, conformado en ocasiones por material reciclado: latas, cadenas, tornillos… El resultado estético de esta técnica mixta es de una desmedida potencia que, como una maza en el corazón del espectador, bombea sangre que enciende sus alarmas. El abrazo del púgil La trayectoria expresiva de Gil Corona partió de la música en su primera juventud, para continuar con las letras y desembocar en el arte plástico. Es precisamente esta necesidad de expresión la que hace temblar...

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La Crítica: José María Ordeig Corsini
Ene09

La Crítica: José María Ordeig Corsini

Cuando en 1874 se realizó la primera exposición impresionista, nadie imaginó la trascendencia de lo que aquellos pioneros estaban fraguando. Monet, Pissarro, Sisley y compañía habían dado forma a un estilo que 150 años más tarde sigue siendo el preferido del gran público. El impresionismo ha calado tanto entre el público por su mezcla de colorismo, sensualidad, hedonismo y culto al instante, al «aquí y ahora». En la serie de las estaciones de José María Ordeig cristaliza la luz, el color y lo fugaz que fascinó a aquellos primeros impresionistas. A través de pequeños campos de color, sutiles transparencias y degradados, el artista atrapa la calidad lumínica. Como en Otoño I, en el que la luz se filtra mágicamente a través de las copas de los árboles; una fiesta de color que linda ya con la abstracción. Por supuesto, la pintura de José María Ordeig (Valencia, 1948) hunde sus raíces en el impresionismo, pero el pintor levantino muestra un mayor interés por las primeras evoluciones de aquella técnica pictórica. En sus paisajes, detectamos el influjo del Cézanne obsesionado con el monte Sainte-Victorie. El Pico San Donato está construido con esos pequeños campos geométricos de color cezaniano que más tarde conducirían al cubismo. Pero Ordeig suaviza el color, sintiéndose más cómodo con las mezclas de colores más vivos y alegres, tal vez fruto de su herencia mediterránea. Sierra de Leyre es otro festivo espectáculo de color, como Midi d’Ossau, en el que las tonalidades frías ganan ya la partida en las estribaciones del monte que también dominan la obra Del Tallón al Casco. Paisajes urbanos Las relaciones cromáticas son una de las principales preocupaciones de Ordeig. Todas sus colecciones pivotan en torno a las armonías de color, generalmente cálidas, como ya hemos apuntado. El pintor levantino ha tenido presente los hallazgos del divisionismo, de aquellos seguidores de los primeros impresionistas que se pusieron estupendos y decidieron que la pincelada debía ser «más científica» para lograr un mayor efecto de luz. Los colores no se mezclarían en lienzo, sino en el ojo del espectador… En la preciosa obra titulada Castillo de Olite, Ordeig genera estás divisiones de color tan apreciables en las copas de los árboles de la zona inferior del lienzo. Así, el castillo parece flotar sobre algodones de colores generando un efecto delicioso. El propio castillo también está construido con esos cuadritos de color que ya habíamos visto en sus paisajes naturales o en la serie de las estaciones, unos toques geométricos  que generan de forma certera una fantástica combinación de luces y sombras. Figuras No cabe duda de que la elección técnica de Ordeig ha sido clave para...

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La Crítica: Víctor Manuel Delgado
Dic22

La Crítica: Víctor Manuel Delgado

Una pieza de más de 1 metro y medio de altura, ligeramente combada y rugosa, con círculos girando alrededor de toda ella. Parece un tronco, sin copa ni hojas, que surge de un pedestal de piedra pulida y cortada a la perfección. Es Reforma de ley, obra del escultor Víctor Manuel Delgado (Burgos, 1970), y que podemos colocar en el umbral virtual de la puerta a través de la cual damos paso a su rica producción escultórica. Exterior La escultura siempre ha tratado de desprenderse de su etiqueta de hermana acomplejada de la pintura. Generalmente, el proceso creativo en escultura es más costoso, más largo y no siempre más satisfactorio. Un error se paga mucho más caro que un lienzo. Durante la mayor parte de la historia del arte, el espectador solo tuvo ojos para la pintura hasta el punto de que la escultura siempre parecía fijarse en ella para lograr la aquiescencia del gran público. A la escultura le costó dejar atrás su condición manual y hacerse respetar como actividad intelectual, los pintores alcanzaron el estatus de filósofos mientras los escultores seguían siendo considerados artesanos (con algunas excepciones, claro). El siglo XX, por suerte, despedazó el clasicismo y sus convencionalismos y obligó al espectador a mirar la escultura con otros ojos. El culto al material escultórico, las relaciones entre espacio y tiempo, entre vacío y masa, la integración con el paisaje y la naturaleza y el desarrollo de la abstracción fueron los puntos clave de la revolución escultórica del pasado siglo cuyos efectos todavía se perciben en la actualidad. En esta revolución escultórica se funda el trabajo de Víctor Manuel Delgado. Observando algunas de sus obras para exterior, como Brote de Almendro, no creemos ya que ningún espectador ponga el grito en el cielo. La abstracción está plenamente aceptada. La referencia a lo figurativo en esta obra es evidente pero el valor de la misma no está, por supuesto, en la mimesis, sino en las calidades táctiles y en las sensaciones que despierta la combinación de materiales, el acero corten, el acero inoxidable y la piedra natural. En otros casos, Delgado usa exclusivamente el acero corten como en Raíces, donde apreciamos la influencia de Chillida, referencia fundamental en la obra del escultor burgalés. Efectivamente, Delgado enfoca muchas de sus obras, sobre todo las de exterior, con ese carácter totémico del artista vasco. Mientras en Trazo, Delgado apuesta por el minimalismo, por el equívoco entre la gravedad del material elegido y su forma esbelta, casi titilante, en La Unidad aporta una mayor dosis de originalidad con un interesante sentido simbólico, pieza, por cierto, ejecutada junto a Marta Vallejo. Interior...

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