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Galateas en metamorfosis (10)
GALATEA 10 ( DUDA )
Sobre el pedestal, erguida en el aliento del alba,
Galatea se alza —mármol que sangra en silencio—.
Desnuda integra, sí, pero no del todo:
un lienzo blanco, puro y tenso,
ceñido a sus muslos,
desciende hasta el mármol que aún la sostiene,
dejando al descubierto solo
la tenue promesa de sus pies,
como raíces que aún no besan la tierra.
Su cuerpo, partido por grietas sutiles,
es mapa de un devenir:
aquí, la piedra resiste; allá, la piel late.
Ya no es estatua fría,
ni tampoco mujer del todo,
sino eco de ambas,
susurro entre forma y alma.
Los brazos —¡oh, gesto de pudor y plegaria!—
se doblan en codos temblorosos,
y las manos, unidas como en ofrenda,
ocultan su rostro…
mas no del todo.
Los ojos, cerrados con fuerza,
guardan el fulgor de quien ha visto
lo que no nunca pudo ver;
el ceño, fruncido como un río en sequía,
traza surcos de duda y de vértigo.
El cabello, suelto y sudoroso,
cae en mechones húmedos sobre su frente,
mezclando el brillo del mármol
con el salitre del llanto no derramado.
No es solo el cuerpo el que se transforma:
es el alma que se despierta
con el peso de un nombre,
con el eco de un “yo” que aún no sabe pronunciar.
¿Qué siente quien nace dos veces?
¿Qué piensa quien fue tallada
antes de soñar?
Galatea, en su umbral de piedra y carne,
no llora por el dolor de los huesos nuevos,
sino por el vértigo de elegir:
¿ser amada como obra…
o amar como mujer?
Y en ese instante, entre grieta y latido,
entre velo y verdad,
el mundo entero calla…
esperando que abra los ojos
—no para ver—
sino para decidir.
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