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Todos tenemos un ángel, esta figura alada, atrapada entre la luz del cielo y el oleaje, encarna el instante en que la fe vacila pero no desaparece. Con los ojos vendados y el cuerpo inclinado contra la columna, parece sostener el mundo con un último gesto de esperanza. Sus alas "quebradas, suaves, casi heridas" envuelven un océano que ruge desde dentro, como si el dolor y la belleza brotarán de la misma fuente. La lágrima que cae, discreta y luminosa, es el hilo que une lo humano con lo divino. En esta escena, la mujer no cae ni se rinde: resiste. Y en su resistencia nace una verdad silenciosa, una revelación íntima que solo pueden escuchar quienes alguna vez han sido golpeados por su propio mar interior.
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