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Julia y Pandataria

juan luis pastor fernández

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Detalles de la obra

Hola, soy Julia, la hija del emperador. Mi padre, Octavio Augusto, o simplemente Augusto, como le llama todo el mundo, es el emperador. Aunque a él no le gusta que se dirijan a él por ese título. Tiene el mando supremo, el "imperium", es verdad, pero él -dice- no es un emperador, un sátrapa al estilo oriental ("todo lo malo viene de Oriente", acostumbraba a decir). Sin embargo tiene el poder absoluto sobre las personas y las cosas. Cierto que normalmente respeta las instituciones, pero lo hace para ocultar su verdadera naturaleza política. Tanto él como Livia supieron muy pronto que algo tan complejo como el poder en Roma ya no podía descansar en un turno anual de dos cónsules. Su tío abuelo, Julio (César) ya lo había visto. Pero o no se atrevió a asumir esa realidad o lo mataron antes de tiempo. La República había dejado de ser el sistema ideal. Ahora bien, el imperio, el emperador...; ¡por todos los dioses, hay muchos que ambicionan el mando único! Y sin embargo, allá arriba ese hombre, mi padre mismo está sólo. Es como si viviera en una isla. Como yo; aquí, en Pandataria.

Las islas son bonitas cuando se va de vacaciones. Tengo alguno de mis mejores recuerdos de cuando la familia entera bajábamos a Bayas, a nuestra residencia de verano. Desde allí había días en que dábamos un pequeño salto, en un birreme ligero y pasábamos el día en Capri, o en Ischia.

Los mejores veranos de mi vida transcurrieron allá, lejos del calor insoportable de Roma, de su pestilencia, de las enfermedades que fermentaban en las pútridas charcas y diezmaban a la gente. ¡Alguna ventaja tiene que tener ser la familia imperial!

A mi padre y a Livia, su mujer, les gustaba vernos a Marcelo y a mí juntos. Desde muy niños ya decidieron que llegado el momento nos casaríamos. ¿Acaso podía haber sido de otra manera? ¡Marcelo era mi primo! Tan guapo y dulce como su madre, además. Tan, tan ... bueno, yo diría que tan mimado.

De Capri guardo uno de los mejores recuerdos de mi vida. Un recuerdo que, oh Pnemósine, ¡no sé si pedirte que lo borres de mi memoria! Porque es de las pocas cosas que he podido traerme conmigo a esta desolación.

Bueno el caso es que era aquel un mediodía muy caluroso de Julio. Marcelo y yo, que siempre conseguíamos dar esquinazo a las ayas y a Minos, el esclavo personal de Marcelo, encontramos una cueva. Sus techos azulados y su frescura nos parecieron la entrada secreta a una morada de los dioses. Esta tierra es tan hermosa y sana que hasta los moradores del Olimpo tienen aquí sus retiros privados.

Pues bien, no había rastro de ninguno de ellos allá dentro. En cambio sí estábamos Marcelo y yo. Solos.

Marcelo se zambulló varias veces en el agua. Cuando subía hasta la roca en que estaba yo tendida dejaba caracolas a mi lado, que recogía del fondo.

El agua era tan clara que yo lo veía perfectamente, como a través de un puñado de cristales.

Cuando colocó junto a mí tantas caracolas que yo ya no quería contarlas, le dije que se quedara quieto. Él se quedó un poco parado y se echó a reir, porque no comprendía la situación. ¡Le gustaba tanto impresionarme!

Entonces yo simplemente me puse en pie y me dejé caer la ropa. Le miré a los ojos, intensamente ... Entretanto, fuera se oía la voz de Minos, un poco desesperada.

Salimos antes de que nos encontraran. Marcelo todavía tenía las mejillas coloradas, como cerezas.

Cuando llegó el momento se celebró nuestra boda.

Formábamos una pareja mona. Éramos, ¿cómo decían los aduladores de mi padre ...?; sí, esto, que éramos "la pareja ideal".

Sin embargo Marcelo no era el hombre ideal para mí. En realidad creo que mientras vivió no llegó a ser hombre; se quedó en el apocado niño de trece años al que seduje en aquella cueva. No creo que yo haya sido la culpable no obstante de su inmadurez. Quizás, una de las razones fuera que su vida era demasiado fácil. No tuvo que curtirse. Si aquella tarde una miserable sardina me hubiera mordido en el pie, Marcelo no habría sabido qué hacer; excepto pedir auxilio.

Si alguien me reprochara entonces por qué me casé con él, es que ha olvidado que eso ya estaba previsto. Mi padre, con su poder absoluto sobre las personas, así lo había decidido. Por la estirpe que quería perpetuar ... para Roma. En definitiva, por Roma. En definitiva, política de la fina.

Marcelo murió pronto. Un catarro mal curado. Y yo lo sentí, no crean. Marcelo ¡era tan guapo! Y además era dócil, lo cual resultaba una comodidad. Hasta que una empieza a hartarse de convivir con un gato sin uñas. ---

Me aburría tanto que empecé a buscar. Tenía una especie de comezón. Una comezón que no admitía más que un sólo tratamiento. Así que empecé a salir.

Por las noches. Naturalmente nunca lo hubiera hecho sola. Retomé algunas amistades y empezamos a recorrer la Roma nocturna. Una Roma que yo no había conocido. Ibamos convenientemente disfrazadas. Simple precaución. Porque, ¿cuántos romanos saben el aspecto que tiene la hija de Augusto? Fuera de mi entorno inmediato practicamente nadie. Pero hay que contar con los servicios de información. Mi padre tiene ojos y oidos en todas partes. No conviene fiarse. De hecho no habría podido salir de casa inadvertida si previamente no hubiera realizado una serie de sobornos. ¿Y quién sería capaz de decir "no" a la hija de Augusto?---.

Pero no le fui infiel a Marcelo. Él no lo merecía. Bueno, quiero decir, que sí, conocí algunos hombres ... Pero aquello no era más que un pasatiempo. Yo no podía enamorarme de nadie entre esa chusma.

Otra cosa era pasar un buen rato. Otra cosa fue descubrir la fuerza que había en nuestra plebe. Los estibadores del puerto acabaron siendo mis preferidos. Su vida era tan terrible, quiero decir, debían esforzarse tanto por ganarla día a día, que sus escasos momentos de celebración estaban a la misma altura que su infortunio. Una vez lo probé, no pude -ni quise- renunciar a aquella vitalidad prodigiosa.

A pesar de mis iniciales remordimientos también me sentí justificada. Pensé que de esa manera convenía a la hija de Augusto conocer por sí misma la razón de nuestra grandeza, de la grandeza del espíritu romano. Fue así como comprendí -y sentí- la fuerza que nos había hecho grandes. Una fuerza que desde hacía siglos descansaba más bien en la masa amorfa del pueblo que en nuestros círculos de señoritos consentidos.---

Tras la muerte de Marcelo pensé que quedaría libre; quiero decir, por un tiempo. Pero no, ¡naturalmente que no! Hasta yo pude comprender que Augusto necesitaba tener asegurada una descendencia. Porque mi padre era muy familiar, ¡y no estaba levantando aquel imperio para que luego lo dirigiese cualquier advenedizo!---

De manera que me casaron con Agripa. Agripa, sin ancestros, sin pedigrí. Agripa, un hombre del pueblo. En honor a Agripa debo decir que aunque yo no pedí esa boda -¡faltaría más!- aquel hombre siempre me gustó. Quiero decir, incluso de niña. También cuando estaba casada con Marcelo. Sin él mi padre no habría tenido éxito. Eso era estupendo, providencial, pero a mí me gustaba por otras razones. Yo diría que las propias de una mujer; al menos de una mujer como yo.

Cuando nos casamos Agripa era viudo. Por tanto, no tuvo que renunciar a nada. Para ser sinceros, Agripa entendió nuestro matrimonio como un regalo. Tenía su ambición. Pero muy escondida, claro está; sabía cual era su sitio en el juego de poderes de mi padre. Él nunca sería emperador, lo entendía bien. Pero su aportación a la institución iba a ser de todos modos muy valiosa. Habría de poner, si cabe, algo más de su propia persona, que lo que había aportado hasta el momento. Su misión consistiría, fundamentalmente, en engendrar hijos en mí.---

¡Y vaya si lo hizo! Tenía más de cuarenta años cuando se casó conmigo. Algunos hombres a esa edad ya son viejos. Él no.--- Los estibadores del puerto están acostumbrados a gemir bajo el peso de las mercancías que cargan y descargan. Eso los hacía viriles a mis ojos. Pero Agripa, había gemido, y mucho, bajo el peso de la impedimenta de legionario. Había gemido mucho, con el paso del tiempo, bajo el peso de la responsabilidad, bajo el peso de acabar siendo la mano derecha de Augusto. Las manos de un hombre que está acostumbrado a dirigir hombres, tanto en la paz como en la guerra, acostumbran a ser manos seguras.

Tuvimos tres hijos : Cayo, Lucio y Póstumo. A éste, el último, lo llamé así por razones obvias; nació después de que su padre hubiera muerto.--- Así es; Agripa murió. De repente. La vida es una cosa sorprendente : Agripa, un coloso, muerto de un día para otro. Quizás fue el corazón. Quizás su coraje era mucho más grande y fuerte que su propio corazón.

El caso es que a veces me siento un poco culpable. No sé cómo explicarlo ... Pero no, yo no tuve que ver en ello. A mí me parece que no, vamos... ---

Ah, se me olvidaba, también tuvimos dos niñas. Hasta cierto punto es lógico que no las citara. Ya que las mujeres no cuentan. ¿O sí? Bueno, para ser sincera yo pienso que, aunque ninguna romana pueda ser emperatriz. ... sí puede llegar a ser la dueña del emperador. ¿No tenemos ahí a Livia y mi padre?

No quiero que se me interprete mal, pero la cama es el imperio de la mujer. Allí un emperador puede ser sencillamente arcilla en sus manos.---

No le fui infiel a Agripa. Agripa me llenaba. Me desbordaba; ¡a mí incluso!

Pero Agripa murió pronto, ya lo he dicho. Augusto sintió su muerte tanto como yo, aunque naturalmente, de otra manera. Para él fue como si hubiera perdido su brazo derecho. Mi padre no ha vuelto a encontrar una pieza tan perfecta para su engranaje.---

Luego, andando el tiempo, se me murieron, o mejor dicho, se nos murieron a todos, mis dos hijos mayores. Cayo en primer lugar, Lucio poco después. Un gran dolor para una madre. ¡Y una gran pérdida para Roma! Tanto Cayo como Lucio apuntaban maneras. Se parecían mucho a su padre.

País
España
Categoría
Dibujo
Colección
Roma
Técnica
Lápiz
Medidas
21 × 28 cm
En Artelista
DESDE EL 10 DE MAYO DE 2012
Etiquetas
mar, isla, julia, tirreno
Licencia
© Todos los derechos reservados

Sobre el artista

juan luis pastor fernández

juan luis pastor fernández

España | Fotografía, Dibujo, Pintura

301 126
Llevo impresa la luz fría de una mañana de marzo en la alta tierra castellana. He aquí una manera adecuada para un artista de decir que nací en un pueblo soriano, hace ya, ¡ uy, bastantes años ! Sin… Seguir leyendo

Colección Roma

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Comentarios (2)

Graciela Noemi Izaguirre

11 de mayo de 2012
ME HAS SORPRENDIDO REALMENTE CON ESTE DIBUJO TAN ORIGINAL.
FELICITACIONES JUAN LUIS...ME GUSTA!