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Argumentación conceptual:
Desde una lectura argumentativa, la obra se posiciona en una tradición abstracta-orgánica, donde la figuración no es explícita, pero sí sugerente. El dibujo propone una reflexión sobre la identidad fragmentada y en constante reorganización. Cada forma parece autónoma, pero ninguna existe sin la otra: el todo depende de la coexistencia de las partes.
El uso del color no es decorativo, sino estructural. El contraste entre verdes y rojos establece una tensión entre expansión y contracción, calma y latencia, vida y conflicto interno. El gris opera como mediador, reforzando la idea de equilibrio inestable.
La composición, cerrada pero dinámica, sugiere un estado de introspección profunda: un paisaje interior donde lo emocional, lo biológico y lo simbólico se superponen. Así, el dibujo no busca representar un objeto reconocible, sino hacer visible un proceso, una experiencia interna que se manifiesta en forma, ritmo y color.
En conjunto, la obra se afirma como una metáfora visual del ser en transformación, una imagen que no se impone con un significado único, sino que invita al espectador a habitarla, recorrerla y completar su sentido desde la propia sensibilidad.
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