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En cada obra habita un proceso de transformación inminente. Las líneas y las capas no solo construyen imágenes, también son huellas de un tránsito interno donde la fragilidad se vuelve fuerza y la distancia se convierte en resonancia. Ese cambio no se limita a mí: la pintura abre un espacio de contagio sensible, capaz de generar ecos en quienes la observan y en el entorno que la recibe.
Mis formas —tejidos, ramificaciones, arterias, nervaduras— evocan la vitalidad de lo orgánico y la persistencia de lo colectivo. Así, cada pieza es al mismo tiempo testimonio y umbral: un tejido vivo donde lo personal y lo común laten juntos, recordándonos que toda transformación individual es también una transformación compartida
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