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Exploro la paradoja de ser naturaleza y, al mismo tiempo, sentirme fuera de ella. Ese desajuste abre un campo de reflexión donde mi trabajo funciona como umbral: un lugar donde lo humano y lo natural se entretejen, recordándome que habitamos simultáneamente dentro y fuera de los ciclos vitales.
El gesto pictórico, con su insistencia en la repetición y el ritmo, adquiere en mi práctica un carácter ritual. Cada trazo es tejido, cada capa de color una respiración que enlaza lo íntimo con lo universal. No me interesa mostrar el cuerpo de manera literal, sino sugerirlo como vibración, como energía que late en las formas, como una corporalidad latente que insiste en aparecer incluso desde lo invisible.
Concibo el cuerpo y la naturaleza como un mismo entramado, territorios donde se inscriben memorias, presencias y ausencias. Para mí, pintar es también cartografiar lo que permanece vivo, un ejercicio de reconocimiento frente a la fragilidad y la potencia de estar en el mundo
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