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Tejemos coronas de luz ajena, vestimos a los demás con el brillo que nos falta, y llamamos “princesa” al sueño que proyectamos sobre su rostro. El manto rojo que los envuelve es el fuego de nuestra propia ilusión; el oro que los adorna, el reflejo ciego de lo que anhelamos hallar. Buscamos perfección donde solo hay vida, y cubrimos su verdad con el cuento que nosotros mismos inventamos.
Pero la calavera nos mira desde el corazón de la imagen, silenciosa y clara: es el mundo quitándose la máscara que le pusimos. No es un aviso de muerte, sino un llamado a vivir con los ojos abiertos. Romper el espejo de la idealización no significa perder la magia: significa encontrarla en lo real.
Esta obra nos invita a dejar de soñar el mundo tal como quisiéramos que fuera, para empezar a verlo —en toda su fragilidad, en toda su crudeza, en toda su inmensa belleza— tal como es.
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