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La obra presenta una superficie texturizada que evoca un paisaje abstracto. Predominan tonos terrosos, beige y ocres que recuerdan a tierra seca. En el centro, una franja de montaños bajas atraviesa el cuadro y el cielo muestra tonos terrosos que se reflejan en la superficie.
Las variaciones de color y las manchas dispersas crean una sensación de erosión, desgaste y paso del tiempo.
Mi trabajo se mueve entre la abstracción y la expresión, buscando transmitir sensaciones más que representar realidades. Cada trazo, cada textura y cada contraste de color nace de la necesidad de explorar lo invisible: aquello que sentimos, pero no siempre podemos nombrar.
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