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Un entramado de casas de colores se despliega sobre la ladera, construyendo el perfil del pueblo de Bosa. Las fachadas, dispuestas en planos superpuestos, forman un mosaico cromático de ocres, amarillos, azules y tierras que dialoga con los tejados de teja y la arquitectura mediterránea. La pintura se centra en la relación entre color, forma y repetición, prescindiendo de la figura humana para subrayar la presencia silenciosa del lugar. El conjunto transmite cercanía, memoria y una sensación de vida suspendida en el tiempo.
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