¿Playa o montaña? Yo, desierto. Si hace unas semanas nos preguntábamos por qué a la mayoría nos gustan las mismas pinturas, en esta ocasión, y aprovechando la serie de obras de Josep Obradors, cabría preguntar por qué un tipo de estética puede tener un efecto tan diverso en el ánimo de un espectador. ¿Por qué un paisaje lunar arrasado por el tiempo tiene la capacidad de aplacar un espíritu inquieto y, al mismo tiempo, de inquietar un espíritu apacible?

Desierto de sal, Josep Obradors.

Desierto de sal es una obra importante en la reciente trayectoria de Obradors. Él mismo asegura que con ella empezó a “experimentar con volúmenes, texturas y perspectivas”. Como si del telón de fondo de un lienzo de Yves Tanguy se tratara —aun sin instalar sus figuritas maleables—, el pintor catalán reflexiona sobre las posibilidades estéticas de los paisajes desolados.

Viejo pescador, Josep Obradors.

Es a partir de obras como Desierto de sal que Josep Obradors va virando su trayectoria, aparcando casi por completo la figuración. Pero no ha sido una ruptura tan radical, se trata de una evolución que podemos atestiguar analizando su producción anterior. En los cuadros en los que aparecen figuras humanas, como Viejo Pescador, el artista opta por un primerísimo plano de los ojos del modelo. El rostro parece desvanecerse entre una superficie llena de marcas. El tiempo engulle la memoria que solo sobrevive a través de su mirada cansada pero definitiva.

En cuadros como Viejo pescador y Joven y neón ya se aprecia un interés por las texturas, por estimular al espectador a través de las impresiones que generan las superficies. En este sentido, Obradors manifiesta un deseo de aplicar una pátina a sus cuadros creando un efecto entre nebuloso y quemado, como si esas imágenes hubiesen sido rescatadas de un baúl cubierto de tiempo.

Joven y neón, Josep Obradors.

También debemos destacar la serie de obras del artista sobre la fauna marina, algunos de los cuáles son verdaderas perlas estéticas como el caso de Arenques Ahumados, uno de los últimos resplandores en la producción de Obradors. Un brillo que lo emparenta con el fulguroso Melocotones, nueva reflexión sobre la dimensión temporal: las arrugas del papel son los pliegues del tiempo. Definitivamente, estos melocotones están maduros.

Como maduro se sintió Josep Obradors para dar un paso más en su trayectoria y, teniendo como nexo obras como Desierto de sal o El Páramo, el artista catalán se abre definitivamente a la abstracción textural en obras como Las Edades del Olivo, Petroglifo o Epicentro.

Epicentro, Josep Obradors.

Si bien Obradors reflexionaba sobre el paso del tiempo en algunas de sus obras precedentes, tenemos la sensación de que en esta nueva etapa disfruta con aquello que está más allá del tiempo. En una época como la nuestra marcada por el ahorismo más desquiciante, el artista catalán pone su foco en aquello que ha sobrevivido al azote de los océanos del tiempo: un símbolo milenario sobre una roca cuyo mensaje es hoy más indescifrable que nunca, con nuestras mentes secuestradas por el presente más soberbio.

Pero más allá de su posible trascendencia significativa, Josep Obradors usa los motivos como medio para una experimentación técnica. El volumen y la textura, así como la economía cromática, son los elementos sobre los que pivotan obras como estas. Usando el barro cerámico como materia prima, Obradors crea espirales eternas sobre un lienzo pétreo.

Desierto blanco, Josep Obradors.

En esta línea situamos su serie de obras sobre el desierto, sobre los desiertos: Desierto Blanco o Kalahari son tan solo dos muestras del punto de no retorno alcanzado tras este viaje hacia la abstracción textural. Pero, como el propio artista señala, es una abstracción que tiene su evidente punto de partida en la naturaleza. La densidad y la aridez pesan en estas obras ante las que el espectador puede sentir un irrefrenable impulso de palpar.

Kalahari, Josep Obradors.

Y si existe un lugar en la tierra ideal para un espíritu como el del Josep Obradors ese es Islandia. En diversos puntos de la isla el viajero se siente como en otra dimensión, como si la historia humana aun no hubiese arrancado… o hubiese sido liquidada hace eones.

Iceland Cliff I, Josep Obradors.

Pese a que las obras de la última etapa de Obradors están en su mayoría caracterizadas por el aislamiento, la deshumanización y una suerte de energía centrípeta que amenaza con implosionar, es en espacios como estos donde el espíritu tenso se aleja por fin de la inquietud, donde el tiempo deja de soplar con sus ráfagas atroces y el ser humano, que ya no existe, se puede disolver mansamente ante lo desconocido.

Te invitamos a visitar la galería de Josep Obradors en Artelista.